domingo, 15 de junio de 2014

WILBERFORCE FRENTE A NIETZSCHE

Después de dieciséis años de ardua y penosa campaña, William Wilberforce, un converso cristiano, logró que el parlamento británico aprobara la legislación antiesclavista, que impediría que los barcos con pabellón inglés siguieran comerciando con seres humanos. No fue una tarea fácil, pero su tenacidad logró superar los muchos escollos que halló en el camino. En Gran Bretaña -donde comenzó la Ilustración que alcanzaría su esplendor poco después en la Francia revolucionaria-, la esclavitud formaba parte del sistema económico hasta el punto de que las florecientes ciudades costeras dependían literalmente de lo bien que le fueran a los barcos negreros. La "ilustrada" Gran Bretaña, donde comenzaban a florecer las ciencias y un incipiente capitalismo con la primera Revolución Industrial, no consideraba "científico" que todos los seres humanos fueran "iguales". A diferencia de la "supersticiosa" España, en manos de  curas católicos según la leyenda negra, que hacía siglos que había superado ese prejuicio antihumano.
Cuando analizamos el logro de Wilberforce debemos previamente adoptar una actitud intelectual honesta. Quiero decir que no es posible comprender del todo lo que consiguió el político inglés sin tener en cuenta el modo de pensar de sus contemporáneos. Los ingleses, desde el desastre de la Armada Invencible, se habían echado literalmente al mar y conocían muy bien las civilizaciones de otros continentes. Comparaban su modo de vida, su dominio de la técnica y de las ciencias, su refinado gusto por la literatura o la música, sus adelantos en arquitectura e ingeniería, con las tribus indígenas que hallaban en las costas norteamericanas, africanas o de Oceanía. La notable diferencia conformó la idea de que había razas más adelantadas y otras sumidas en el atraso hasta niveles inconcebibles. De ahí a pensar que no todos los seres humanos eran iguales (y por consiguiente, que no todos los seres humanos tenían los mismos derechos) había un paso muy pequeño que no tardaron en dar.
La ideología colonial anglosajona -muy distinta de la española- se basaba precisamente en el principio de que los hombres más desarrollados tenían el derecho a someter a los que lo estaban menos. Incluso, se podía pensar que en beneficio de éstos últimos, pues el dominio colonial podría conseguir a la larga un desarrollo homogéneo -o casi- en todo el mundo, del que se aprovecharían las razas más débiles.
La batalla de Wilberforce, por tanto, no era sólo por un cambio de leyes. Luchaba contra un modo de entender el mundo. Abolir la esclavitud significaba poner en una situación de equidad a los seres humanos, con independencia de la civilización a la que pertenecieran. Nadie tenía derecho a traficar con una persona, porque toda persona ha sido creada a imagen y semejanza de Dios. Como puede observarse, el choque cultural con sus contemporáneos no podía ser más radical. Mientras unos pensaban científicamente (en base a la evidencia empírica que proporcionaban los primeros antropólogos) que no todos los hombres se habían desarrollado al mismo nivel cultural y tecnológico, Wilberforce esgrimía la fuerza de lo religioso como característica esencial de su discurso. Evidencia frente a creencias.
Cuando Charles Darwin publicó El origen de las especies, el imperio británico estaba en su apogeo. La reina Victoria ejercía un poder que llegaba a los cinco continentes y el poder de los ejércitos británicos resultaba poco menos que invencible. Los viajes de Darwin a partir de los cuales pudo desarrollar sus investigaciones, fueron posible gracias, precisamente, a ese dominio marítimo de su país.
Hacía pocas décadas que la cosmovisión de Wilberfoce se había impuesto en la sociedad inglesa. La revolución industrial había contribuido también a cambiar la forma de pensar de su nación. Frente a los derechos aristocráticos, había surgido una clase burguesa pujante cuyo interés supremo radicaba en el desarrollo de la técnica (quiere decirse, de las ciencias en su sentido más estricto) pues de ella dependía la prosperidad de sus negocios. En este contexto, las ideas de Darwin constituyeron un revulsivo que fue aplaudido por lo más granado de la sociedad británica casi desde el primer momento.
La clave no está tanto en los textos de Darwin, cuanto en la interpretación ideológica que siguió inmediatamente a los mismos. Darwin se habría espantado de esa ideologización de sus teorías. Pero si la clave estaba en una evolución según la cual quienes mejor se adaptaban al medio eran los que sobrevivían y se imponían en la cadena de la vida, ¿quién podría negar que había hombres que se adaptaban mejor que otros y que, por tanto, tendrían más derecho natural a imponerse? Las tesis del llamado darwinismo social, con Spencer a la cabeza, no tardaron apenas nada en expandirse como una plaga cuyos resultados fueron la eugenesia, la eutanasia, el aborto y el racismo. Todo ello no sólo en la Alemania nacionalsocialista, a la que culpamos hipócritamente de unas atrocidades que muchos antes habían propuesto desde la honorabilidad de sus cargos académicos, o que incluso llevaron a la práctica en estados largamente democráticos y desarrollados.

En el fondo de esta cuestión radica, de nuevo, la concepción antropológica. Wilberforce partía de una premisa no materialista del hombre, de suerte que le daba igual lo civilizado que estuvieran a nuestros ojos, pues todos eran esencialmente iguales en dignidad. El darwinismo social, en cambio, partía de la premisa materialista, de la evidencia empírica, para establecer diferencias y justificarlas moralmente, porque toda moral debe estar alineada con nuestro estado del conocimiento científico. Así llegamos a Nietzsche, que matando a Dios, aspira al superhombre, para lo que sería necesario dejar al inferior atrás, sin más misericordia que la inmolación imprescindible para alcanzar la utopía.

sábado, 31 de mayo de 2014

LA BATALLA CULTURAL: UNA BELLOTA Y LA PORTADA DE UN LIBRO


A la principal sorpresa de las pasadas elecciones europeas en España le falta el predicado. Así que es imposible, al menos de momento, hacerse una idea cabal de lo que verdaderamente están trajinando los españoles. "Podemos" tiene un sujeto activo (los líderes que la encabezan y en particular el televisivo Pablo Iglesias, que hasta el nombre le viene como anillo al dedo), tiene un verbo (que actúa aquí como sustantivo, no obstante), pero carece de predicado. Podemos ¿qué?
De momento sabemos que "pueden" ser muchos. La suma de los partidos de izquierda radical (desde Izquierda Unida a Bildu, pasando por Pablo Iglesias) suponen uno de cada cinco votos emitidos el pasado mayo en las urnas. Si a ellos sumamos los partidos moderados ideológicamente, pero que quieren romper drásticamente con el sistema constitucional, mediante la disgregación de España, el porcentaje sube a uno de cada tres. Y si a todo ello añadimos el voto que quiere un cambio constitucional y que, a la misma vez, propugna una mayor ruptura con los valores tradicionales mediante un laicismo negativo tendente a un ateísmo de Estado, entonces nos hallamos con un dramático 55%.
Las formaciones políticas que suman ese 55% han mostrado, directa o indirectamente, su opción contraria a la reforma de la ley del aborto iniciada por el ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón. También a limitar, de una forma u otra, el discurso cristiano en asuntos públicos. Es un reto formidable no sólo para la reevangelización de nuestra sociedad, sino también para sostener los valores tradicionales que han dado forma a nuestra cultura occidental. Así pues "pueden" acelerar una agenda de ingeniería social.
Naturalmente, hay que objetar que unas elecciones europeas no son tenidas como tan serias como unas generales. El voto de castigo aflora incluso con rebotes cómicos, como cuando el supermán Ruiz Mateos obtuvo dos actas en la Eurocámara ante el cabreo de un electorado de derechas harto de las divisiones en el seno de la vieja Alianza Popular. Y a ello hay que añadir que sólo ha votado la mitad del electorado (dos tercios de lo que suele ser unas elecciones netamente nacionales). Pero esta ponderación -digamos- únicamente nos vale a medias. Porque en el horizonte, en el largo plazo, el dato importante es que una buena parte de la sociedad española -parece que la mayoría democrática- está por cambiar el paradigma cultural tradicional. O, por ser más precisos, por apoyar los cambios radicales que vienen sucediéndose desde hace diez años en nuestro país, con Gobiernos de uno y otro tinte. Ese dato es el importante. Luego "pueden", ya veremos qué y hasta dónde.
Lo primero, a mi entender, es preguntarnos por la causa que nos ha llevado a esta desalentadora realidad. Quiero decir, a esa España del Quijote, esencialmente idealista como dijera Maeztu, que ha terminado por rendirse de bruces ante el materialismo más siniestro y soez. Tengo para mí que la clave no puede estar en otro sitio que en la cultura. Las ideas tienen la capacidad de cambiar la realidad; de ahí que digamos eso de "cuidado con lo que deseas..." El materialismo rancio que sobrepuja hoy en España (y en Europa y en Occidente) ha venido ganando la batalla de la cultura merced a una supuesta "superioridad moral" frente a la tradición. Esto de la superioridad (y cacareada) moral de la progresía tiene su miga. Para algunos, denota el complejo o el agotamiento en el que se vio inmerso el pensamiento conservador y católico tras cuarenta años de franquismo. Para otros, es simplemente un mito detrás del que se esconde la evidencia de que es más cómodo (líquido, diríamos hoy) la no-exigencia-moral que plantea el materialismo, que el pensamiento fuerte y exigente de la ética católica. Y, en fin, hay quienes, presos de cierta patología conspirativa, considera que todo se debe a la ensoberbecida actividad del lobby homosexual, que trajina sus planes en maquinaciones de tramoya.
Aunque de todo haya un poco, nada de ello nos termina de dar la medida del problema. La "superioridad cultural" ha sido posible gracias sobre todo a la manipulación del lenguaje. Lo hablaba el otro día con mi amigo Alfonso López Quintás. En una sociedad en donde una banda armada que asesina a inocentes -¡un grupo terrorista!- tiene el arrojo de llamarse y ser calificado (¿o deberíamos decir "cualificado"?) como "Movimiento de Liberación", puede ocurrir cualquier cosa. Que el aborto (que es el crimen del no nacido) se convierta en un "derecho reproductivo" o que la eutanasia (que es el abandono a su suerte del que sufre) se considere el "derecho a morir con dignidad". ¡Como si el abandono pudiera ser ocasión de dignificación del abandonado!
La apropiación de palabras, o lo que es lo mismo, la patrimonialización exclusiva de ciertas palabras, por aquel bando llega a situaciones esperpénticas. Un autor rechaza utilizar en el título de su obra la palabra "vertical" porque, aduce, tiene connotaciones pornográficas (ya conocerán el nombre de un certamen literario erótico: "La sonrisa vertical"), obviando que la verticalidad es para la razón un concepto que conecta el pensamiento humano con la Revelación. Pues nada: dejemos que se apropien de la palabra "vertical". Una más para la talega de aquéllos.
Mientras preparábamos en Stella Maris la portada del libro Aborto cero, surgió un encendido debate a propósito del icono que utilizaríamos como ilustración. Nuestros diseñadores pensaron en una bellota de color verde, en alusión a Aristóteles. Ya saben: el acto y la potencia. La bellota es una bellota, pero en las condiciones óptimas se transformará en poderoso alcornoque. Las alarmas se encendieron de inmediato entre algunos autores. Y a tenor de la calidad intelectual del libro, nadie duda de que esos autores sean no sólo buenos pensadores, sino también valientes y honrados defensores de los valores humanos. Pero argüían que "la bellota es el icono de los abortistas". Es decir, la bellota es bellota; no alcornoque. Cuando un cerdo ingiere una bellota durante la montanera, no está tragándose -obviamente- un árbol, sino un oleico fruto.
Quienes defendían que se utilizara la imagen de la bellota en la portada perdieron la batalla. Se optó por unas zapatillas, de color esperanza, para ilustrar el libro: no está mal, porque es una imagen tierna, sugerente y fresca, nueva. Aunque lo significativo aquí es que, como con la palabra "vertical", dejamos la bellota (quiere decirse, a Aristóteles) del bando materialista. ¿Ven ahora cómo se pierde la "batalla cultural"?
Ahora bien: ¿es esa una derrota honesta? Quiero decir, ¿tienen razón quienes regalaron la bellota enterita a los abortistas? Esto nos lleva a considerar si toda victoria es necesariamente justa y merecida. La historia nos demuestra, una y mil veces, que no existe una correlación exacta entre vencedores y justos. A veces (y no pocas) son los buenos los que pierden la batalla; aunque por Jesucristo sabemos que la victoria final será de los justos.
Veamos el argumento de la bellota. Aristóteles utiliza ese símil para demostrar su idea del movimiento. Para el "Filósofo", como le llamaba Santo Tomás de Aquino, el movimiento se explicaría por medio del acto y de la potencia. Quiere decirse que una cosa es lo que es en acto (una bellota es una bellota), pero contiene en sí misma la esencia de lo que ha de ser (la potencia). Fijémonos en que no se trata de que la bellota se reduzca a su actualidad (la bellota es una bellota), sino en que esa actualidad es al mismo tiempo una potencialidad (la bellota será un árbol y no una gallina, porque contiene ya, desde el principio, esa esencia).
La lectura materialista de Aristóteles es tan pobre que daría risa si es que el nivel cultural medio no fuera tan tristemente ramplón. Según los materialistas el acto es acto y la potencia ya se verá. Por tanto, no entienden a un Aristóteles para quien la potencialidad, la potencia, está al mismo tiempo en el acto, como algo inseparable. Una bellota sólo dejará de llegar a ser un árbol si se interrumpe el movimiento por cualquier causa. De la misma manera que un feto no será un pianista famoso, o un magnífico albañil, si se interrumpe el movimiento. Los abortistas dan por hecho que la interrupción del movimiento demuestra que el acto no contiene en sí mismo la potencia (que la bellota no es un árbol). Pero eso es tanto como creer que el movimiento no existe porque podemos parar el objeto en movimiento en cualquier momento. Es decir: que las bolas de billar no se mueven porque a pesar de que uno le da con el taco, otro la sujeta con la mano. Nos podemos hacer todas las trampas que queramos. Pero tenemos que ser conscientes de que es una trampa.
El argumento materialista de la bellota tendría lógica si ésta pudiera convertirse, en su movimiento, en cosas distintas a un árbol. Por ejemplo, en un dinosaurio. Pero no por el hecho de que abortemos el movimiento que va del acto a la potencia: esta interrupción no afecta para nada a la esencia de la cosa, que seguirá siendo la misma aunque no pueda alcanzar su fin. Una bellota, aunque sirva de ingesta para un puerco, será siempre en potencia un árbol y nunca en potencia una piedra.
Llegados a este punto, lo verdaderamente importante del debate del símil de la bellota no es su actualidad, sino la importancia moral o no de proteger por todos los medios posibles el movimiento. Para ello tenemos que atender a la esencia de la cosa. No podemos equiparar el valor moral de una gallina, o de un árbol, con el de un ser humano. Luego no puede tener el mismo valor la interrupción del movimiento que va del huevo a la gallina, o de la bellota al árbol, que del feto al hombre. Salvo, claro está, que defendamos una antropología antihumana, que es justamente lo que hacen los abortistas.
En conclusión, hemos comprobado cómo la patrimonialización de ciertas palabras e ideas por parte del materialismo, conduce a los católicos a ceder un terreno cultural sin lógica alguna. Y que esa patrimonialización en muchas ocasiones oculta una tergiversación, cuando no una obscena manipulación, del lenguaje y de las ideas. Tal vez eso es lo que ellos "puedan", y entonces hallamos un predicado exacto a lo que está ocurriendo en nuestra sociedad hoy día. Nos dejamos comer el terreno, como en el famoso relato de Julio Cortázar. Aquel en el que los que habitaban una casa escuchan un ruido en el zaguán y por miedo dejan de salir de casa; y luego en el salón, y dejan de utilizarlo... hasta que por fin el miedo les echa de la casa.


viernes, 23 de mayo de 2014

VUELVO A LAS ANDADAS, PIDIENDO DISCULPAS POR EL RETRASO


Una media de cien visitas diarias a este blog, a pesar de que hace ocho meses que permanece inactivo, no sólo es un listón relativamente aceptable, sino también un motivo para sentirme obligado, ahora que lo retomo, a dar una explicación sobre esta larga ausencia. García Márquez era incapaz de escribir si en su escritorio no había -al menos- una rosa amarilla. A mí no me ha faltado en ese tiempo, cada día, la rosa amarilla. Nunca he experimentado la sensación del folio en blanco -una suerte de maldición que consiste en el bloqueo creativo.
Tengo la fortuna de sentirme inspirado con habitualidad, o lo que es lo mismo, de hallar inspiración en lo cotidiano. Tal  vez a causa de mi fe. El hombre con fe es necesariamente el hombre del asombro permanente. En una sociedad demasiado escorada a lo material, a la increencia, a lo inmanente (desgarrada por la autosatisfacción optimista del cientificismo o por el pesimismo envejecido de que no hay verdad posible porque todo es relativo), tal vez ahí, digo, no haya lugar para el asombro ante lo corriente y ordinario. El viento deja de ser un rugido arcano y la lluvia un milagroso regalo de los cielos. Y donde no hay asombro falta la imaginación, tan genuinamente humana.
Pedía Jesús que los niños se acercaran a Él. Y advertía de que cualquiera que les hiciera daño o causara escándalo en ellos, sería severamente castigado. Los niños tienen facilidad para creer, y quizá por eso, Comte creyó saber que la religión era un estado infantil del conocimiento humano, cuyo correlato maduro sería la ciencia. Comte se equivocaba: la infancia no es sólo un momento temporal en cada hombre, sino una actitud. Tal vez la más inquietante para los materialistas de hoy, pero sin duda la más sinceramente humana. La infancia es un estado de asombro. La pérdida de fe se da en quien se confiesa estar "de vueltas de todo". Optimismo, creatividad frente a pesimismo e indiferencia.
Pero el asombro, que conduce a la creatividad, ha sido en gran parte el culpable de que este blog guardara silencio durante estos últimos ocho meses. Cuando comencé a escribirlo, hace dos años, mi intención era propiciar un debate entre los creyentes y los ateos. Pruebas hay de que lo conseguimos entre todos: no hay más que echar un vistazo a los numerosísimos comentarios que han seguido a no pocas entradas. Sin embargo, con cada entrada, tenía la sensación de que había que ser más ambicioso. Que este debate de ensanchar los ámbitos de la razón hasta dar cabida a la fe, era no sólo posible, sino necesario y urgente. Así fue como el blog desplegó una primera iniciativa: la revista El Pensador.
Pronto nos dimos cuenta de que la revista, que parecía ocasional y traviesa, se convertía en algo importante. O al menos, más importante de lo que habíamos previsto. Miles de personas se suscribieron a El Pensador y decenas de intelectuales de primer nivel aceptaron escribir en sus páginas. En cierto modo, El Pensador es un retoño temprano de este blog, pero que con el paso de los números (vamos ahora a por el noveno) ha crecido muy por encima de esta humilde página en la que ahora tecleo mis impresiones.
Un día me di cuenta de que había que dar otro paso más. Releyendo una de las entradas más populares de este blog, relativa al mito de la tierra plana, comprobé que hay muchos libros y autores interesantes que son desconocidos en habla hispana; escritores y temáticas que enriquecerían el debate por el que nació Dignitas. Así que, sin pensarlo demasiado, decidí dedicarme profesionalmente a ser editor. Así es hoy día, con la editorial Stella Maris (www.editorialstellamaris.com). Nacimos oficialmente en marzo de este año. (Claro que el trabajo previo comenzó unos meses antes, concretamente el día que dejé de escribir en este blog.) Ya vamos por el sexto título en librerías (sin contar la reedición de Aborto cero) y, lo  que es más importante, disponemos de otros veintitantos en nevera para publicar de aquí a mayo del año que viene. (A propósito, en la entrada del mito de la tierra plana hice mención a un libro, Inventing the flat earth: Columbus and modern historians, que a pesar de un innegable interés, no había sido traducido al castellano. Tras negociar con su autor, Jeffrey Burton Russell, de la Universidad de California, estamos traduciendo y publicaremos el volumen en octubre próximo, si Dios quiere.)
El Pensador es hoy una realidad trasplantada a terreno más fértil. A pesar de que seguiré siendo el editor de la revista, acabamos de nombrar un director nuevo. Y Editorial Stella Maris surca el mar -ya me gustaría a mí que "viento en popa, a toda vela"- intentando hacerse un rincón en las librerías y -más importante aún- en las bibliotecas de los lectores. Así que, ocho meses después, con algunos jirones no esperados en la espalda, vuelvo por mis pasos camino de sorprenderme todos los días y contárselo a ustedes en este blog, que es también el vuestro.

lunes, 30 de septiembre de 2013

¿CUÁL ES LA FECHA DE LOS EVANGELIOS?

Uno de los argumentos favoritos de los ateos católicos (frente a los ateos evangélicos del Nuevo Ateísmo) es que el cristianismo es una invención muy posterior a la figura histórica de Jesús. De este modo, concluyen, se demuestra que el Dios de los cristianos es una invención premeditada y tal vez incluso alevosa.

Esta tesis de los ateos católicos es, en sí misma, una primera victoria de los creyentes. En efecto, dadas las evidencias arqueológicas disponibles desde mediados de los años sesenta del pasado siglo, se ha superado la tesis de Bultmann que negaba la historicidad de Jesús. En efecto, durante el siglo XIX estas tesis que defendían la no-historicidad de Jesús se sustentaban básicamente en que no se hallaban evidencias documentales a parte de las cristianas para personajes claves en la narración evangélica como Pilato o Caifás, o que determinados hechos, como que Jesús predicara en sinagogas, resultaban imposibles porque no las sinagogas nacieron tras la destrucción del Templo de Jerusalén y la posterior diáspora del pueblo judío. Pero la arqueología contemporánea ha desenterrado varias sinagogas inequívocamente anteriores a la destrucción del templo (por ejemplo, la de Magdala, de la que se da cuenta en el próximo número de nuestra revista El Pensador), y las evidencias de Pilato y Caifás han terminado por aparecer de modo indiscutible. Así pues, quienes hoy todavía se empeñan en defender que Jesús no es un personaje histórico real son, como decía el Papa Emérito Benedicto XVI en su ya célebre carta al matemático Odifreddi: “Lo que Usted dice sobre la figura de Jesús no es digno de su rango científico”.

Reconocida la historicidad de Jesús, el ateísmo católico no tiene más remedio que pasar a una nueva estrategia. Dicen: “Jesús no fundó una religión nueva. Simplemente era o un esenio, o uno de los muchos profetas mesiánicos de Israel, o incluso un revolucionario (los más osados intuyen que hasta protosocialista)”. La religión cristiana fue una invención posterior debido a Pablo o a las primeras comunidades cristianas”. Para ello se apoyan en que los Evangelios fueron muy posteriores a los acontecimientos que narran. Algunos sostienen que la datación de estos textos sagrados sería incluso del siglo II d.C.

Esta tesis del ateísmo católico tiene, ante sí, diversas objeciones que no puede vencer. La primera es que el hecho de que los textos de los Evangelios que conocemos sean reproducciones tardías no dice en realidad gran cosa. A la mayor parte de los textos de los filósofos del mundo griego clásico les sucede exactamente lo mismo. Pero nadie duda de que una cosa es la reproducción (tardía) y otra la fecha de publicación (muy anterior). La historia está plagada de documentos válidos científicamente pero que disponemos por segundas y a veces terceras fuentes. Para ser honestos, estos ateos católicos deberían dudar también de que las obras de Homero fueron en realidad de la fecha que se presume. O, llegando a ser más estrictos, deberían negar la veracidad a los textos de Platón o de los pitagóricos. No se puede utilizar un argumento contra los Evangelios que no se utiliza igualmente para el resto de textos de la antigüedad, so pena de caer en una arbitrariedad difícilmente justificable en términos de rigor científico.

La segunda objeción es de carácter histórico. Sabemos que Jesús fue crucificado en el año 33. Y tenemos muchas noticias (algunas recientemente descubiertas) que hablan de la inmediata separación entre judíos y cristianos. Así, Esteban fue lapidado en el año 36. Un biblista renombrado, Henri Cazelles, ha demostrado que en el año 52, en Corinto, los cristianos ya se habían separado de los judíos, pues eran considerados indeseables en las sinagogas. De hecho, Pablo fue arrastrado por estos ante el tribunal del procónsul Galión y existen documentos originales que lo avalan. Según leemos en ellos: “¡Este individuo intenta persuadir a la gente para que adoren a Dios de una forma contraria a la Ley!”. En los años 54-58 dC, en Éfeso, Pablo también fue obligado a alejarse de las sinagogas y a enseñar en la escuela pagana de Tirano. Santiago, el “hermano del Señor”, jefe de la comunidad judeocristiana de Jerusalén, fue lapidado en el 62 por orden del sumo sacerdote Anás el Joven y del partido saduceo. Así pues, la pretendida “brecha histórica” que separa el surgimiento de la religión cristiana y la muerte y Resurrección de Jesús hay que datarla entre 1 y 29 años después de aquel suceso. Estos datos son sumamente importantes, porque gracias a ellos se demuestra que la generación que conoció o pudo conocer a Jesús predicando en Galilea o Jerusalén, es contemporánea al nacimiento del cristianismo. Una contradicción abismal entre los hechos narrados por los textos sagrados cristianos y lo que de verdad ocurrió es, por tanto, imposible. Los judíos (e incluso los romanos) habrían podido demostrar fácilmente la falsedad ante el mismo pueblo que fue testigo de aquel tiempo.

Y la tercera objeción, la más importante sin duda, procede también de la interpretación de la historia contemporánea de los hechos. Se debe a un teólogo anglicano, el obispo de Woolwich, John Arthur Thomas Robinson, que en 1976 agitó las aguas al tratar de demostrar que no cabía duda alguna de que todos los escritos del Nuevo Testamento debían ser forzosamente anteriores al año 70 dC.

La tesis de Robinson es bastante sólida o, al menos, muy convincente. En los textos testamentarios Jesús anuncia en un estilo apocalíptico la destrucción del Templo de Jerusalén. Sin embargo, en los Evangelios no hay ninguna referencia a la toma y el saqueo de la ciudad en el año 70 por los ejércitos de Tito, hijo de Vespasiano, que sin género de dudas daba cumplimiento a sus palabras. Como señala Phillipe Rolland: “¿Cómo un cristiano que escribe después del año 70 hubiese podido resistirse al deseo apologético de mostrar que Jesús era un auténtico profeta y que sus predicciones se habían cumplido?”. Ciertamente –como dice el prestigioso historiador francés Jean-Christian Petitfils: “¡Qué silencio más impresionante!”.

Si la teoría de los ateos católicos fuera cierta, o sea, si el cristianismo fue en realidad un invento mucho después de la muerte del Jesús histórico, es evidente que sus inventores habrían aprovechado para ilustrar las palabras del (para ellos “supuesto”) Mesías con el ejemplo de lo ocurrido con el Templo de Jerusalén. Que no era, a propósito, un tema menor para la religión judía clásica, dado que esta giraba toda ella y de modo fundamental alrededor de este sagrado recinto.

Estas objeciones, todas ellas sólidamente fundadas, impiden considerar siquiera como una tesis medianamente seria la de los ateos católicos. Más bien deberíamos encajarla entre los paranoicos libros de conspiraciones que, no obstante, tanto éxito tienen entre un público carente de razón crítica.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

EL PELIGRO DEL CIENTIFICISMO

La ciencia es moralmente neutra, el cientificismo no. La obsesión en convertir a la ciencia en el único modo que tenemos para adquirir conocimiento es lo que se denomina cientificismo. Conforme a él, la moral no puede ser objeto de un estudio independiente, ni siquiera autónomo, sino sólo como simple manifestación expansiva de la ciencia, que deja entonces de convertirse en un método para ser el fin en sí mismo. De esta manera, la ciencia invade un territorio ajeno (la moral) proporcionando (supuestas) respuestas a cualquier cuestión que podamos plantearnos sobre esta disciplina. Es fácil adivinar que el salto en el vacío entre la ciencia y la moral, que utilizo para ejemplificar el cientificismo, entraña naturalmente una visión manipulada del dato empírico. Este es el que nos proporciona la ciencia; pero la visión manipulada es un agregado que es de cosecha propia de los cientificistas. Este agregado, como no es ciencia, es perfectamente prescindible. No es lo mismo ciencia que cientificismo. La ciencia no es más que un método epistemológico, muy útil y exitoso: pero sólo eso. Por tanto, si el cientificista reconociera esto último entonces estaría a su vez admitiendo que manipula la ciencia. Algo que  obviamente no reconocerá nunca.

El problema del cientificismo no queda ahí, ni mucho menos. Dado que en su visión de la ciencia ésta tiene que explicarlo todo, de ahí se infiere que el cientificista será una persona especialmente permisiva con todo tipo de ideas no contrastadas, a las que llamará “ciencia” en base más a su propio deseo, que a una realidad debidamente fundada. Voy a poner un ejemplo indirectamente relacionado con el tema de la moral, para que podamos luego trenzar ambos en la argumentación que me propongo. Desde el punto de vista materialista cualquier “herencia” es material salvo la “herencia cultural”, que todo el mundo admite que se produce por medio del aprendizaje por imitación en animales y seres humanos. Pero esto es inasumible por un cientificista. Después de todo ¿dónde podemos hallar materialidad en el aprendizaje?

Esta incongruencia obligó a Richard Dawkins a inventar, en 1976, el término “meme”, que sería una unidad de herencia cultural, análoga al gen: “Ejemplos de memes son las melodías, ideas, eslóganes, modas textiles, modos de hacer ollas o construir arcos. Así como los genes se propagan a sí mismos en el acervo genético saltando de un cuerpo a otro a través del esperma o los óvulos, los memes se propagan en el mismo acervo saltando de cerebro a cerebro mediante un proceso que en un sentido amplio puede llamarse imitación” (1). La idea ha sido seguida de inmediato por la tropa acrítica que sigue a Dawkins, y entre ellos Daniel Dennet que lo ha utilizado como piedra angular de su teoría de la mente, tan usada por los negacionistas en su propaganda para negar el libre albedrío. Otros han amplificado el concepto meme y han utilizado expresiones como “complejos co-adaptados de memes” o “memeplex”.

Ahora bien ¿qué es un meme? “Los materialistas –dice Rupert Sheldrake- prefieren pensar en ellos como en estructuras materiales dentro de cerebros materiales, pero nadie ha encontrado nunca un meme dentro de un cerebro, o ha visto uno saltando de un cerebro a otro”. Por supuesto el problema es que los memes no son materia, sino en todo caso patrones de organización o de información. Así pues los memes han constituido un intento materialista de superar el problema de que la herencia cultural no es material; pero se trata de una maniobra retórica, alambicada, artificial y falsa, no de una hipótesis científica que podamos demostrar.

Que el aprendizaje sea un ejemplo de que existe lo no-material en el universo es algo que perturba a los ateos porque se les viene el tinglado encima. De ahí que estén especialmente predispuestos a tragarse sapos como los “memes” o el del “gen egoísta”, que también debemos a Dawkins. Pero esta postura cientificista, que lleva a la ciencia más allá de su campo y que no tiene escrúpulos en ampliar lo que es ciencia dándole una apariencia de ciencia a lo que no lo es, entraña también consecuencias morales como dijimos al principio de nuestra entrada.

Es probable que ustedes conozcan superficialmente algo del caso Enron, que conmocionó a las finanzas de todo el mundo al comienzo de este siglo. En resumidas cuentas la historia final de esta multinacional energética es que sus directivos ocultaban las pérdidas astronómicas de la compañía por medio de operaciones comerciales con sus propias filiales (lo que obviamente no es una venta), gracias a la aquiescencia de una de las mayores auditoras del mundo, Arthur Andersen. Cientos de miles de accionistas que confiaban en la compañía perdieron mucho (la mayoría, todo) su dinero. Muchos empleados perdieron su trabajo, entre ellos los que prestaban sus servicios en Arthur Andersen, ya que esta auditora terminó cerrando sus puertas. En Estados Unidos se utiliza la palabra Enron casi como sinónimo de fraude empresarial.

El principal responsable de este enorme fraude tiene nombre y apellidos. Su director, hoy en la cárcel, Jeffrey Skilling. En numerosas ocasiones, Skilling señaló que el libro que más le había impactado en su vida había sido –precisamente- El gen egoísta, de Dawkins (2). Interpretó que el egoísmo era en última instancia bueno incluso para sus víctimas, porque eliminaba a los perdedores y forzaba a los supervivientes a ser más fuertes y eficientes, lo que se traducía en ventajas adaptativas para la especie en su conjunto. ¿Y cómo podría condenar un neodarwinista el comportamiento de Skilling? Él sólo se dejó llevar por su “gen egoísta”. ¿O un materialista de la mente? Puesto que su mente está determinada y en absoluto dispone de libre albedrío. ¿Debe entonces Skilling estar en la cárcel, o debería seguir como director de cualquier otra compañía desempeñando sus notables “habilidades”?

Por supuesto también cabe pensar que Skilling es un loco incapaz de leer correctamente a Dawkins y lo que éste quiere decir. Pero lamentablemente la historia está llena de personas como Skilling, que llevan la ciencia más allá de su campo y la expanden en el ámbito moral. En España tenemos un caso no muy conocido hoy día, pero que fue un auténtico escándalo en su momento. Incluso inspiró novelas (3) y una película de Fernando Fernán-Gómez (4). Hablamos de Hildegart Rodríguez.

Aurora Rodríguez Caballeira, la madre de Hildegart, habría hecho los deleites del Nietzsche del superhombre. Educada en un ambiente liberal y autodidacta, Aurora llegó a estar convencida de que podría “fabricar” a una persona que respondiera a un propósito definido en su vida: la liberación de la mujer (en su actual sentido ideológico de género). Para ello, buscó premeditadamente ser madre soltera y educó de tal manera a su hija, Hildegart, que se convirtió en una chica prodigio en todos los campos. Hablaba con fluidez varios idiomas, se licenció en otras tantas carreras en un tiempo verdaderamente asombroso, y triunfó en el campo político (con el PSOE primero y luego con el Partido Federal) y como escritora. Se carteaba con las mayores celebridades internacionales del momento, como Freud. Pero los planes que Aurora tenía para su hija incluían que esta nunca se enamoraría. El enamoramiento es un producto artificial innecesario. Pero su hija terminó enamorándose. Y ella la asesinó al considerar que el experimento había fracasado.

Esta historia atroz no es neutra moralmente. Aurora Rodríguez actuaba bajo el parámetro moral del cientificismo: aquello que ayuda a la especie ha de lograrse por cualquier medio, sin límite alguno (es decir, sin limitaciones derivadas de una moral distinta a la que se extrae de los postulados cientificistas). Después de todo, si el ser humano es una simple máquina compuesta exclusivamente por materia ¿quién puede negar que Aurora tuviese el derecho a experimentar con su máquina? Es la base de los postulados eugenésicos que algunos parecen querer revivir, como si no hubieran aprendido nada de los horrores infaustos del pasado siglo. Deben tener los memes averiados.


(1)    DAWKINS, R. El gen egoísta, pág. 206.
(2)    Ver artículo de R. Connif en Guardian, 27 de mayo de 2006, titulado “Animal instincts”.
(3)    GUZMÁN, E. Aurora de sangre.
(4)    Mi hija Hildegart (1977).

lunes, 23 de septiembre de 2013


ENIGMAS DEL NEODARWINISMO

No me gusta el término “creacionista” porque es manifiestamente injusto. Todos los teístas creemos en la Creación: Dios es, para nosotros, la causa primera del mundo material en el que vivimos y en cuyos parámetros físicos los seres humanos podemos ser racionales y hacer ciencia. Desde ese punto, podemos ser llamados creacionistas, pues somos indudablemente partidarios de la creación. Y al mismo tiempo, no dudamos del evolucionismo en aquellos extremos en los que las evidencias han sido suficientemente demostradas y explicadas.  No vemos incompatibilidad entre una cosa y otra. Sin embargo, cuando se habla de “creacionistas” en la actualidad se hace mención a determinadas sectas protestantes que sostienen que el Universo fue creado hace 6.000 años, interpretando de forma estricta el libro bíblico del Génesis y usando, además, un determinado significado de ciertas palabras hebreas polisémicas. También sostienen que las especies biológicas fueron creadas simultáneamente por Dios.

Esta lectura literal, que como vimos es ajena al catolicismo y a otras teologías cristianas, sólo incumbe a un grupo muy reducido de cristianos protestantes. No obstante, ha servido de munición para que los neodarwinistas se echaran literalmente a la guerra pertrechados de un buen cargamento de evidencias científicas. El neodarwinismo sostiene que la vida evoluciona a partir de la variación/selección de un mecanismo dual y azaroso, de modo que no hay otro diseño o propósito detrás de la vida. Y en efecto, existe una amplia evidencia de que las variaciones genéticas y la selección natural se dan en realidad. Hablo de amplia evidencia, que sin embargo tiene algunas lagunas no resueltas hoy día por la ciencia. Sé que esto puede no gustar a los dogmáticos del neodarwinismo (como vemos, intransigentes irracionales hay en todos lados). Aún recuerdo a un lector de este blog, creo que invitado por Ununcuadio, que al leer que el evolucionismo plantea todavía interrogantes se llevó las manos a la cabeza y prometió no volver a entrar aquí. Por supuesto, estaba en su derecho. Pero eso no quiere decir que tuviera razón para rasgarse las vestiduras.

La primera objeción al neodarwinismo la podemos hallar en los datos fósiles. Estos presentan “saltos” todavía no explicados, que se conocen vulgarmente como los “eslabones perdidos”. No hay evidencia clara de un cambio continuo de una especie a otra que señale inequívocamente a todos los intermediarios. Si como explica Ernst Mayr, “toda evolución se debe a la acumulación de pequeños cambios genéticos, guiados por la selección natural”, ¿cómo tiene lugar la especiación, es decir, la separación o escisión de una nueva especie a partir de una antigua bajo el presupuesto del cambio gradual? El hueco fósil es, sin duda, un evidente indicativo de una verdadera discontinuidad.

Hasta ahora se han dado respuestas incompletas a esta objeción. Según una idea conocida como “especiación alotrópica”, un pequeño subgrupo de una población original se queda aislado geográficamente, de suerte que el aislamiento geográfico, la relativamente pequeña reserva geográfica del subgrupo y la selección natural, combinados, separan ambas especies. Pero seguimos con el mismo problema. No encontramos una serie escalonada de fósiles que vayan del pez a los anfibios, no hay fósiles hallados que muestren la manera en la que los rasgos de los peces sean sustituidos por los rasgos anfibios. De hecho, como decimos, los registros fósiles revelan huecos manifiestos en la especiación.

Stephen J. Gould, entre otros, han sugerido desde mediados de los años setenta del pasado siglo que los registros fósiles muestran largos periodos de equilibrio de las especies y, después, la repentina aparición de una especie nueva. De conformidad con la hipótesis del equilibrio puntuado la evolución no sería un proceso gradual y continuo, sino que se vería interrumpida por rápidos cambios en el momento en que una nueva especie toma un desvío. Sin embargo, sus defensores han sido incapaces hasta ahora de ofrecer un mecanismo satisfactorio para el cambio rápido que puede llevar a la especiación. La crítica al equilibrio puntuado no sólo ha venido del campo creacionista, sino también del Nuevo Ateísmo y particularmente de Dawkins, firmemente enfrentado a Gould por la teoría de este (que es también ateo) de que la ciencia y la religión no se contraponen en absoluto porque pertenecen a esferas diferentes.

Hay una segunda objeción no resuelta. La ley de la entropía no parece compatibilizarse demasiado bien con el neodarwinismo. Esta ley dice que todas las cosas deben avanzar del orden al desorden. Sin embargo, la evolución biológica procede en la dirección opuesta: del orden a más orden, de lo simple a lo complejo. Basta que nos coloquemos en el primer estadio de la aparición de la vida en la Tierra y lo comparemos con el estadio actual para que en efecto comprobemos que hoy hay más complejidad. Pero en la teoría neodarwinista las variaciones son aleatorias, no direccionales (como requeriría la ley de la entropía) y por tanto no dirigidas hacia la complejidad. Como dice Paul Davies “la selección natural selecciona para la fecundidad, no para la complejidad”.

Y otra tercera objeción. Las variaciones tienen lugar en el micronivel del material genético (el genotipo), pero la selección ocurre en el macronivel (el fenotipo). Normalmente, no hay una conexión clara entre lo micro y lo macro. Además, son necesarios muchos cambios coordinados en el micronivel, muchas mutaciones genéticas, para producir un nuevo rasgo útil para la supervivencia en el nivel macro. Es difícil imaginar cómo semejantes cambios enormes (“monstruos esperanzadores”) podrían suceder de forma simultánea. Y también resulta difícil entender cómo se dan gradualmente: los cambios genéticos individuales suelen carecer de valor desde el punto de vista de la supervivencia y por lo tanto serían desechados por la selección natural. Un ejemplo. La evolución del ojo. Ha debido costar miles, tal vez decenas de miles de mutaciones genéticas. Pero ¿cómo de buena resulta una mutación, una milésima mutación del ojo, incluso una centésima o media mutación?

Puesto que las mutaciones individuales rara vez presentan una ventaja selectiva, si la selección procediera a partir de mutaciones individuales, existe una probabilidad muy alta de que la mutación terminara siendo eliminada. Por el contrario, si un grupo de mutaciones escapa de algún modo a la selección individual, acumularía una ventaja selectiva como grupo y entonces resultarían favorecías por la selección natural.

La evolución darwinista es un modo de mantener las especies (“especies estables” de acuerdo a Gregory Bateson), sosteniendo su homeostasis con una necesaria capacidad de adaptación, pero no termina de ser satisfactoria para explicar la producción de nuevas especies. Pero la especiación biológica parece –y subrayo que digo “parece”- más bien un proceso creativo (espero que no se me malinterprete cuando hablo aquí de creatividad).

Muchos científicos creen hoy día que es necesaria una nueva visión para considerar cómo la microevolución se relaciona con la macroevolución y cómo tiene lugar una especiación. El neodarwinismo aporta un conocimiento innegable de la realidad, pero no agota las explicaciones. Al menos, no todavía. Curiosamente algunos científicos están trabajando ya hoy día en el hecho de que es la conciencia la que elige creativamente, con determinación y en su propio beneficio, hacia una complejidad cada vez mayor, lo que induce a pensar que existe direccionalidad en la evolución. La clave no consiste en negar el evolucionismo, sino en dar un paso más que podría explicar los enigmas en los que esta teoría científica anda todavía envuelta, y ser, de paso, mucho más consistente con el teísmo. Hablaremos de esto en otro momento.

jueves, 19 de septiembre de 2013

LA BIBLIA Y LA CIENCIA

 
El falso conflicto entre ciencia y fe ha sido estimulado recientemente, como sabemos, por el Nuevo Ateísmo. El argumento de que en Estados Unidos los cristianos han intentado que el creacionismo pase como una teoría científica equiparable al evolucionismo, y que se enseñe en las escuelas, ha servido de excusa a los negacionistas (ateos beligerantes) para señalar con el dedo a los cristianos como incultos, intransigentes e incompatibles con el conocimiento que hoy tenemos gracias a la ciencia.

La clave del conflicto parece hallarse en la contradicción aparente entre el texto bíblico (y en particular, el Antiguo Testamento) y el estado actual de las ciencias. Si interpretamos literalmente el texto sagrado es indudable que hay una distancia insalvable entre lo que nos dice y lo que sabemos por la ciencia.

Sin embargo, cualquier católico con algo de formación doctrinal sabe que la Biblia no puede interpretarse en sentido literal. El literalismo bíblico es ajeno al catolicismo, es consecuencia de la reforma protestante del siglo XVI. No es de extrañar, entonces, que tanto los creacionistas como los impulsores del Nuevo Ateísmo sean angloparlantes, pertenecientes al ámbito cultural protestante. A los católicos este conflicto ciencia-fe (que es en realidad una batalla creacionismo-ateísmo) nos viene de rebote, aunque la preponderancia bibliográfica y audiovisual norteamericana y la confusión entre creacionistas y “todos los cristianos” nos hayan colocado en una guerra que en realidad no debiera haber ido con nosotros.

Todavía hay quien piensa (llevado por la ignorancia, como Dawkins, Dennet o Harris) que la postura católica en relación a los textos bíblicos es una impostura. Que en realidad los católicos somos más hábiles que ciertos protestantes y que hemos reaccionado a tiempo con tal de que el fuego no prendiera toda la casa. De este modo creen que el catolicismo ha dejado de ser literalista con la Biblia cuando –y solo a partir de que- se ha demostrado por la ciencia que es insostenible la lectura literal.

Pero el caso es que la lectura literal de los textos bíblicos nunca ha pertenecido al catolicismo. No es que desde hace cien o doscientos años los católicos comenzáramos a escudriñar las formas en las que podíamos sostener nuestra fe y hacerlas compatibles con los conocimientos que las ciencias nos iban proporcionando. No. Desde sus comienzos, la Iglesia nos enseña que la Biblia tiene especialmente un significado alegórico que debe ser interpretado: Dios habla al hombre en un tiempo pero para todos los tiempos. Orígenes (s. III) llegó a decir que era de imbéciles creer, por ejemplo, que cuando en el Génesis se dice que Dios creó el mundo en seis “días”, debíamos interpretar esta palabra en su uso corriente (es decir, lapso de tiempo compuesto por veinticuatro horas). Orígenes (1),  Ambrosio de Milán (2), San Basilio el Grande (3), Agustín de Hipona (4), Buenaventura, Tomás de Aquino (5), son notables ejemplos de lo que decimos. Por otra parte, los católicos disponemos desde Jerónimo de una larguísima tradición de labor exegética.

Esto tampoco significa que la Biblia no contenga, lógicamente, pasajes de veracidad histórica. La arqueología ha avanzado mucho en este sentido, corroborando no pocos de ellos. E incluso milagros como el de la separación de las aguas que se narran en el Éxodo, encuentran hoy apoyo científico. Baste leer los trabajos que realizaron por separado Humphreys, de la Universidad de Cambridge, o el investigador atmosférico Carl Drews, sobre el “golpe de viento” y la “ola perforada” para comprobar su factibilidad física (dejando por tanto el milagro en la sincronización: es posible físicamente pero lo extraordinario –lo milagroso- sería que hubiera ocurrido justo cuando era necesario).

La manipulación obsesiva y obscena del caso Galileo ( ver aquí ) y de la institución de la Inquisición por parte de los negacionistas ( ver aquí ), ha querido hacer olvidar esa tradición inherente al ser católico, con la intención de deslegitimar nuestras creencias y suscitar un conflicto ciencia-fe que en modo alguno es el que se plantea por este reducto de intelectuales ateos. Tal vez hayan logrado entre el gran público, con escasa formación doctrinal, imponer la imagen derivada de dicha manipulación. De ahí que sea imprescindible una labor de pedagogía encaminada a colocar las cosas en su exacto lugar.

Dicho todo esto, tampoco es asumible para el catolicismo que la ciencia pretenda convertirse en el único modo de conocimiento posible (dado que entonces estamos no ante la ciencia en sentido estricto, sino ante el “cientificismo”). En primer lugar, la ciencia tiene límites epistemológicos infranqueables por el ser humano, algo que hemos visto en el último post y comprobado en otros anteriores de este mismo blog. En segundo lugar, la comprensión total de las preguntas últimas no corresponde a la ciencia, porque escapa al método científico (ver la serie: cartas a una madre que discute con su hijo ateo). En tercer lugar, la ciencia no es neutra en relación a los procesos de investigación. Está financiada (y por tanto, dirigida) con propósitos ajenos a la ciencia (la empresa, la política o la ideología) que determinan la dirección de los programas de investigación y, por tanto, sus conclusiones. Y reacciona defensivamente contra cualquier avance cognitivo que contradiga el paradigma establecido, como demostró Kuhn.

Añadamos a estas objeciones, por último, que la ciencia tiene dificultades inherentes a establecer verdades. Una cosa es la certeza y otra la verdad. La verdad es, por definición, objetiva e invariable; pero dado que la ciencia es siempre susceptible de refutación, como demostró Karl Popper, sería ilógico depositar una confianza ciega en teorías que pueden ser superadas más adelante (y de hecho, en la actualidad sabemos que el paradigma en la física actual, la mecánica cuántica, será superado cuando hallemos el medio de compatibilizarla con la teoría de la relatividad). En este mismo sentido, cabe decir que el “dato” científico es susceptible de interpretaciones que, en última instancia, dependerán del observador, por lo que es imposible una objetividad absoluta en sus conclusiones cuando van más allá de proporcionar precisamente eso, el dato puro y simple.

La ciencia es un método de conocimiento altamente positivo. Nos ha permitido avanzar en la comprensión de la realidad circundante y sus logros técnico-prácticos, como en la industria, las telecomunicaciones o la sanidad, son indiscutibles. Pero no es el único medio de conocimiento posible. La ciencia ha tardado más de dos mil años, por ejemplo, en demostrar las teorías atomistas que, por medio de la razón, abrazaron los filósofos presocráticos.

Entronizar a la ciencia como único medio de saber es, sin lugar a dudas, un fundamentalismo semejante al que sostiene la lectura literal de los textos bíblicos. De ahí que algunos autores hayan denominado al Nuevo Ateísmo como el “ateísmo evangélico”.

(1) Sobre el primero de los principios, IV.ii.5, IV.iii.4
(2) Hexameron L.iv.16
(3) Hexameron I.iv, I.viii, I.xi
(4) Contra Fausto el Maniqueo, 32.20; Confesiones, XIII.xv
(5) Summa Theologiae 1a, 1, 10.
 

lunes, 16 de septiembre de 2013


EL DEMONIO Y LOS AGUJEROS

 
Hay una inextricable relación entre ateísmo y determinismo. Si el universo está completamente determinado, como ha creído la ciencia hasta hace bien poco (al menos hasta la mecánica cuántica), el libre albedrío en que se sustenta la antropología cristiana es una simple quimera. Por otra parte, un universo determinista permitiría hallar la última respuesta por medios científicos. Más allá no habría nada.

Desde el siglo XVIII los negacionistas se han visto impresionados y seguros del llamado “demonio de Laplace”, conforme al cual el hombre terminará por convertirse en un ser omnisciente (capaz de saberlo todo, presente, pasado y futuro) sustituyendo de este modo a Dios. Laplace formuló su particular “demonio” con las siguientes palabras: “Podemos mirar el estado presente del universo como el efecto del pasado y la causa de su futuro. Se podría concebir un intelecto que en cualquier momento dado conociera todas las fuerzas que animan la naturaleza y las posiciones de los seres que la componen; si este intelecto fuera lo suficientemente vasto como para someter los datos a análisis, podría condensar en una simple fórmula el movimiento de los grandes cuerpos del universo y del átomo más ligero; para tal intelecto nada podría ser incierto y el futuro así como el pasado estarían frente sus ojos”.

Muchos han querido ver, de Laplace a nuestros días, un inexorable avance de la ciencia hacia la comprensión total de esa “simple fórmula” que rige desde “el movimiento de los grandes cuerpos del universo” hasta el “átomo más ligero”. Cada descubrimiento de la ciencia ha sido interpretado, entonces, como que al teísmo le queda tanto menos sentido: es la conocida tesis del “Dios que tapa los agujeros”. Y el día que “nada” sea “incierto”, Dios no será necesario. Dios será el propio ser humano.

Por supuesto en la base misma del optimismo cientificista formulado por Comte subyace la idea de Laplace. Para Compte, apoyándose a su vez en la dialéctica de Hegel, la historia del ser humano era una larga travesía de progreso, que llevaba al hombre en ininterrumpida peregrinación hacia su último y más perfecto estadio, que era el conocimiento científico. La religión era, por tanto, un estadio superado (o superable) correspondiente a una edad aún infantil del hombre.

Laplace y Comte son dos grandes columnas en las que se apoya el Nuevo Ateísmo. La solidez de los argumentos de estos pensadores del XVIII y XIX, respectivamente, es determinante por tanto para saber sobre qué suelo pisan los negacionistas cuando rebajan la calidad actual de la fe de los teístas. En efecto, todo parece indicar que Laplace está saliéndose con la suya. Al menos durante un largo periodo de tiempo (que incluye a grandes trazos la física de Newton y la biología de Darwin) los negacionistas no dudaron de que el tiempo terminaría por ratificarles definitivamente.

Sin embargo hoy día sabemos que el “demonio de Laplace” no era más que –con el permiso de Shakespeare- “el sueño de una noche de verano”. En efecto, el “demonio de Laplace”, es decir, un hombre con “este intelecto suficientemente vasto”, podría ser en realidad capaz de predecir con exactitud, por ejemplo, cuándo se desintegrará un átomo de radio por medio de un cambio de órbita de uno de sus electrones. Sin embargo, es bastante seguro que el ser humano jamás será capaz de encontrar el truco. Y, aunque así fuera, no habríamos andando más que una imperceptible porción de un camino infinitamente largo.

Ian Stewart (1) dice que el “demonio de Laplace” necesitaría “Un cerebro mayor que el universo, lo que claramente implica que debe estar fuera del universo y ser comparable a él. Una idea acorde con las consideraciones del principio de indeterminación de Heisenberg: si esa inteligencia suprema [el “demonio de Laplace”] fuera parte del universo, cada vez que pondedara el valor dx7345232115/dt, cambiaría aquello que estaba calculando” haciendo imposible, por tanto, dicha previsión. ¿Podemos “predecir” realmente? Henri Poincaré (2) ha esclarecido que cuando la dinámica es caótica sólo puede predecirse con exactitud en tanto que las condiciones iniciales se conozcan con precisión infinita. Luego se necesita una memoria infinita –y por tanto, indisponible- para almacenar un número con precisión infinita. Así que, como advierte este autor, “Cuando deseamos comprobar una hipótesis ¿qué debemos hacer? No podemos verificar todas sus consecuencias, pues saldrían infinitas en número; nos contentamos con verificar algunas y, si tenemos éxito, decimos que la hipótesis se ha confirmado”. De ahí que Jack Cohen (3) concluyera en su famoso libro que respecto a las grandes cuestiones de la vida, del universo, y de todo lo que pasa, se haya avanzado en realidad sólo “un minúsculo primer paso a lo largo de un camino infinito”.

Mecánica cuántica. Teoría del caos. Complejidad. Emergencia. Información (3). Son cuestiones sobre las que los teóricos del Nuevo Ateísmo pasan de puntillas: y no les faltan razones para hacerlo. Después de todo, ojos que no ven corazón que no siente.

(1)    STEWART, Ian. ¿Juega Dios a los dados?

(2)    COHEN, Jack. El colapso del caos.

(3)    DAVIES, Paul. The New Physics.