lunes, 10 de marzo de 2014

NEW AGE: EL DESAFÍO
Ofrecemos aquí un vídeo-entrevista con el autor de este libro, publicado por Editorial Stella Maris

http://youtu.be/IUJlj_RespU

Para más información:

www.editorialstellamaris.com

lunes, 30 de septiembre de 2013

¿CUÁL ES LA FECHA DE LOS EVANGELIOS?

Uno de los argumentos favoritos de los ateos católicos (frente a los ateos evangélicos del Nuevo Ateísmo) es que el cristianismo es una invención muy posterior a la figura histórica de Jesús. De este modo, concluyen, se demuestra que el Dios de los cristianos es una invención premeditada y tal vez incluso alevosa.

Esta tesis de los ateos católicos es, en sí misma, una primera victoria de los creyentes. En efecto, dadas las evidencias arqueológicas disponibles desde mediados de los años sesenta del pasado siglo, se ha superado la tesis de Bultmann que negaba la historicidad de Jesús. En efecto, durante el siglo XIX estas tesis que defendían la no-historicidad de Jesús se sustentaban básicamente en que no se hallaban evidencias documentales a parte de las cristianas para personajes claves en la narración evangélica como Pilato o Caifás, o que determinados hechos, como que Jesús predicara en sinagogas, resultaban imposibles porque no las sinagogas nacieron tras la destrucción del Templo de Jerusalén y la posterior diáspora del pueblo judío. Pero la arqueología contemporánea ha desenterrado varias sinagogas inequívocamente anteriores a la destrucción del templo (por ejemplo, la de Magdala, de la que se da cuenta en el próximo número de nuestra revista El Pensador), y las evidencias de Pilato y Caifás han terminado por aparecer de modo indiscutible. Así pues, quienes hoy todavía se empeñan en defender que Jesús no es un personaje histórico real son, como decía el Papa Emérito Benedicto XVI en su ya célebre carta al matemático Odifreddi: “Lo que Usted dice sobre la figura de Jesús no es digno de su rango científico”.

Reconocida la historicidad de Jesús, el ateísmo católico no tiene más remedio que pasar a una nueva estrategia. Dicen: “Jesús no fundó una religión nueva. Simplemente era o un esenio, o uno de los muchos profetas mesiánicos de Israel, o incluso un revolucionario (los más osados intuyen que hasta protosocialista)”. La religión cristiana fue una invención posterior debido a Pablo o a las primeras comunidades cristianas”. Para ello se apoyan en que los Evangelios fueron muy posteriores a los acontecimientos que narran. Algunos sostienen que la datación de estos textos sagrados sería incluso del siglo II d.C.

Esta tesis del ateísmo católico tiene, ante sí, diversas objeciones que no puede vencer. La primera es que el hecho de que los textos de los Evangelios que conocemos sean reproducciones tardías no dice en realidad gran cosa. A la mayor parte de los textos de los filósofos del mundo griego clásico les sucede exactamente lo mismo. Pero nadie duda de que una cosa es la reproducción (tardía) y otra la fecha de publicación (muy anterior). La historia está plagada de documentos válidos científicamente pero que disponemos por segundas y a veces terceras fuentes. Para ser honestos, estos ateos católicos deberían dudar también de que las obras de Homero fueron en realidad de la fecha que se presume. O, llegando a ser más estrictos, deberían negar la veracidad a los textos de Platón o de los pitagóricos. No se puede utilizar un argumento contra los Evangelios que no se utiliza igualmente para el resto de textos de la antigüedad, so pena de caer en una arbitrariedad difícilmente justificable en términos de rigor científico.

La segunda objeción es de carácter histórico. Sabemos que Jesús fue crucificado en el año 33. Y tenemos muchas noticias (algunas recientemente descubiertas) que hablan de la inmediata separación entre judíos y cristianos. Así, Esteban fue lapidado en el año 36. Un biblista renombrado, Henri Cazelles, ha demostrado que en el año 52, en Corinto, los cristianos ya se habían separado de los judíos, pues eran considerados indeseables en las sinagogas. De hecho, Pablo fue arrastrado por estos ante el tribunal del procónsul Galión y existen documentos originales que lo avalan. Según leemos en ellos: “¡Este individuo intenta persuadir a la gente para que adoren a Dios de una forma contraria a la Ley!”. En los años 54-58 dC, en Éfeso, Pablo también fue obligado a alejarse de las sinagogas y a enseñar en la escuela pagana de Tirano. Santiago, el “hermano del Señor”, jefe de la comunidad judeocristiana de Jerusalén, fue lapidado en el 62 por orden del sumo sacerdote Anás el Joven y del partido saduceo. Así pues, la pretendida “brecha histórica” que separa el surgimiento de la religión cristiana y la muerte y Resurrección de Jesús hay que datarla entre 1 y 29 años después de aquel suceso. Estos datos son sumamente importantes, porque gracias a ellos se demuestra que la generación que conoció o pudo conocer a Jesús predicando en Galilea o Jerusalén, es contemporánea al nacimiento del cristianismo. Una contradicción abismal entre los hechos narrados por los textos sagrados cristianos y lo que de verdad ocurrió es, por tanto, imposible. Los judíos (e incluso los romanos) habrían podido demostrar fácilmente la falsedad ante el mismo pueblo que fue testigo de aquel tiempo.

Y la tercera objeción, la más importante sin duda, procede también de la interpretación de la historia contemporánea de los hechos. Se debe a un teólogo anglicano, el obispo de Woolwich, John Arthur Thomas Robinson, que en 1976 agitó las aguas al tratar de demostrar que no cabía duda alguna de que todos los escritos del Nuevo Testamento debían ser forzosamente anteriores al año 70 dC.

La tesis de Robinson es bastante sólida o, al menos, muy convincente. En los textos testamentarios Jesús anuncia en un estilo apocalíptico la destrucción del Templo de Jerusalén. Sin embargo, en los Evangelios no hay ninguna referencia a la toma y el saqueo de la ciudad en el año 70 por los ejércitos de Tito, hijo de Vespasiano, que sin género de dudas daba cumplimiento a sus palabras. Como señala Phillipe Rolland: “¿Cómo un cristiano que escribe después del año 70 hubiese podido resistirse al deseo apologético de mostrar que Jesús era un auténtico profeta y que sus predicciones se habían cumplido?”. Ciertamente –como dice el prestigioso historiador francés Jean-Christian Petitfils: “¡Qué silencio más impresionante!”.

Si la teoría de los ateos católicos fuera cierta, o sea, si el cristianismo fue en realidad un invento mucho después de la muerte del Jesús histórico, es evidente que sus inventores habrían aprovechado para ilustrar las palabras del (para ellos “supuesto”) Mesías con el ejemplo de lo ocurrido con el Templo de Jerusalén. Que no era, a propósito, un tema menor para la religión judía clásica, dado que esta giraba toda ella y de modo fundamental alrededor de este sagrado recinto.

Estas objeciones, todas ellas sólidamente fundadas, impiden considerar siquiera como una tesis medianamente seria la de los ateos católicos. Más bien deberíamos encajarla entre los paranoicos libros de conspiraciones que, no obstante, tanto éxito tienen entre un público carente de razón crítica.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

EL PELIGRO DEL CIENTIFICISMO

La ciencia es moralmente neutra, el cientificismo no. La obsesión en convertir a la ciencia en el único modo que tenemos para adquirir conocimiento es lo que se denomina cientificismo. Conforme a él, la moral no puede ser objeto de un estudio independiente, ni siquiera autónomo, sino sólo como simple manifestación expansiva de la ciencia, que deja entonces de convertirse en un método para ser el fin en sí mismo. De esta manera, la ciencia invade un territorio ajeno (la moral) proporcionando (supuestas) respuestas a cualquier cuestión que podamos plantearnos sobre esta disciplina. Es fácil adivinar que el salto en el vacío entre la ciencia y la moral, que utilizo para ejemplificar el cientificismo, entraña naturalmente una visión manipulada del dato empírico. Este es el que nos proporciona la ciencia; pero la visión manipulada es un agregado que es de cosecha propia de los cientificistas. Este agregado, como no es ciencia, es perfectamente prescindible. No es lo mismo ciencia que cientificismo. La ciencia no es más que un método epistemológico, muy útil y exitoso: pero sólo eso. Por tanto, si el cientificista reconociera esto último entonces estaría a su vez admitiendo que manipula la ciencia. Algo que  obviamente no reconocerá nunca.

El problema del cientificismo no queda ahí, ni mucho menos. Dado que en su visión de la ciencia ésta tiene que explicarlo todo, de ahí se infiere que el cientificista será una persona especialmente permisiva con todo tipo de ideas no contrastadas, a las que llamará “ciencia” en base más a su propio deseo, que a una realidad debidamente fundada. Voy a poner un ejemplo indirectamente relacionado con el tema de la moral, para que podamos luego trenzar ambos en la argumentación que me propongo. Desde el punto de vista materialista cualquier “herencia” es material salvo la “herencia cultural”, que todo el mundo admite que se produce por medio del aprendizaje por imitación en animales y seres humanos. Pero esto es inasumible por un cientificista. Después de todo ¿dónde podemos hallar materialidad en el aprendizaje?

Esta incongruencia obligó a Richard Dawkins a inventar, en 1976, el término “meme”, que sería una unidad de herencia cultural, análoga al gen: “Ejemplos de memes son las melodías, ideas, eslóganes, modas textiles, modos de hacer ollas o construir arcos. Así como los genes se propagan a sí mismos en el acervo genético saltando de un cuerpo a otro a través del esperma o los óvulos, los memes se propagan en el mismo acervo saltando de cerebro a cerebro mediante un proceso que en un sentido amplio puede llamarse imitación” (1). La idea ha sido seguida de inmediato por la tropa acrítica que sigue a Dawkins, y entre ellos Daniel Dennet que lo ha utilizado como piedra angular de su teoría de la mente, tan usada por los negacionistas en su propaganda para negar el libre albedrío. Otros han amplificado el concepto meme y han utilizado expresiones como “complejos co-adaptados de memes” o “memeplex”.

Ahora bien ¿qué es un meme? “Los materialistas –dice Rupert Sheldrake- prefieren pensar en ellos como en estructuras materiales dentro de cerebros materiales, pero nadie ha encontrado nunca un meme dentro de un cerebro, o ha visto uno saltando de un cerebro a otro”. Por supuesto el problema es que los memes no son materia, sino en todo caso patrones de organización o de información. Así pues los memes han constituido un intento materialista de superar el problema de que la herencia cultural no es material; pero se trata de una maniobra retórica, alambicada, artificial y falsa, no de una hipótesis científica que podamos demostrar.

Que el aprendizaje sea un ejemplo de que existe lo no-material en el universo es algo que perturba a los ateos porque se les viene el tinglado encima. De ahí que estén especialmente predispuestos a tragarse sapos como los “memes” o el del “gen egoísta”, que también debemos a Dawkins. Pero esta postura cientificista, que lleva a la ciencia más allá de su campo y que no tiene escrúpulos en ampliar lo que es ciencia dándole una apariencia de ciencia a lo que no lo es, entraña también consecuencias morales como dijimos al principio de nuestra entrada.

Es probable que ustedes conozcan superficialmente algo del caso Enron, que conmocionó a las finanzas de todo el mundo al comienzo de este siglo. En resumidas cuentas la historia final de esta multinacional energética es que sus directivos ocultaban las pérdidas astronómicas de la compañía por medio de operaciones comerciales con sus propias filiales (lo que obviamente no es una venta), gracias a la aquiescencia de una de las mayores auditoras del mundo, Arthur Andersen. Cientos de miles de accionistas que confiaban en la compañía perdieron mucho (la mayoría, todo) su dinero. Muchos empleados perdieron su trabajo, entre ellos los que prestaban sus servicios en Arthur Andersen, ya que esta auditora terminó cerrando sus puertas. En Estados Unidos se utiliza la palabra Enron casi como sinónimo de fraude empresarial.

El principal responsable de este enorme fraude tiene nombre y apellidos. Su director, hoy en la cárcel, Jeffrey Skilling. En numerosas ocasiones, Skilling señaló que el libro que más le había impactado en su vida había sido –precisamente- El gen egoísta, de Dawkins (2). Interpretó que el egoísmo era en última instancia bueno incluso para sus víctimas, porque eliminaba a los perdedores y forzaba a los supervivientes a ser más fuertes y eficientes, lo que se traducía en ventajas adaptativas para la especie en su conjunto. ¿Y cómo podría condenar un neodarwinista el comportamiento de Skilling? Él sólo se dejó llevar por su “gen egoísta”. ¿O un materialista de la mente? Puesto que su mente está determinada y en absoluto dispone de libre albedrío. ¿Debe entonces Skilling estar en la cárcel, o debería seguir como director de cualquier otra compañía desempeñando sus notables “habilidades”?

Por supuesto también cabe pensar que Skilling es un loco incapaz de leer correctamente a Dawkins y lo que éste quiere decir. Pero lamentablemente la historia está llena de personas como Skilling, que llevan la ciencia más allá de su campo y la expanden en el ámbito moral. En España tenemos un caso no muy conocido hoy día, pero que fue un auténtico escándalo en su momento. Incluso inspiró novelas (3) y una película de Fernando Fernán-Gómez (4). Hablamos de Hildegart Rodríguez.

Aurora Rodríguez Caballeira, la madre de Hildegart, habría hecho los deleites del Nietzsche del superhombre. Educada en un ambiente liberal y autodidacta, Aurora llegó a estar convencida de que podría “fabricar” a una persona que respondiera a un propósito definido en su vida: la liberación de la mujer (en su actual sentido ideológico de género). Para ello, buscó premeditadamente ser madre soltera y educó de tal manera a su hija, Hildegart, que se convirtió en una chica prodigio en todos los campos. Hablaba con fluidez varios idiomas, se licenció en otras tantas carreras en un tiempo verdaderamente asombroso, y triunfó en el campo político (con el PSOE primero y luego con el Partido Federal) y como escritora. Se carteaba con las mayores celebridades internacionales del momento, como Freud. Pero los planes que Aurora tenía para su hija incluían que esta nunca se enamoraría. El enamoramiento es un producto artificial innecesario. Pero su hija terminó enamorándose. Y ella la asesinó al considerar que el experimento había fracasado.

Esta historia atroz no es neutra moralmente. Aurora Rodríguez actuaba bajo el parámetro moral del cientificismo: aquello que ayuda a la especie ha de lograrse por cualquier medio, sin límite alguno (es decir, sin limitaciones derivadas de una moral distinta a la que se extrae de los postulados cientificistas). Después de todo, si el ser humano es una simple máquina compuesta exclusivamente por materia ¿quién puede negar que Aurora tuviese el derecho a experimentar con su máquina? Es la base de los postulados eugenésicos que algunos parecen querer revivir, como si no hubieran aprendido nada de los horrores infaustos del pasado siglo. Deben tener los memes averiados.


(1)    DAWKINS, R. El gen egoísta, pág. 206.
(2)    Ver artículo de R. Connif en Guardian, 27 de mayo de 2006, titulado “Animal instincts”.
(3)    GUZMÁN, E. Aurora de sangre.
(4)    Mi hija Hildegart (1977).

lunes, 23 de septiembre de 2013


ENIGMAS DEL NEODARWINISMO

No me gusta el término “creacionista” porque es manifiestamente injusto. Todos los teístas creemos en la Creación: Dios es, para nosotros, la causa primera del mundo material en el que vivimos y en cuyos parámetros físicos los seres humanos podemos ser racionales y hacer ciencia. Desde ese punto, podemos ser llamados creacionistas, pues somos indudablemente partidarios de la creación. Y al mismo tiempo, no dudamos del evolucionismo en aquellos extremos en los que las evidencias han sido suficientemente demostradas y explicadas.  No vemos incompatibilidad entre una cosa y otra. Sin embargo, cuando se habla de “creacionistas” en la actualidad se hace mención a determinadas sectas protestantes que sostienen que el Universo fue creado hace 6.000 años, interpretando de forma estricta el libro bíblico del Génesis y usando, además, un determinado significado de ciertas palabras hebreas polisémicas. También sostienen que las especies biológicas fueron creadas simultáneamente por Dios.

Esta lectura literal, que como vimos es ajena al catolicismo y a otras teologías cristianas, sólo incumbe a un grupo muy reducido de cristianos protestantes. No obstante, ha servido de munición para que los neodarwinistas se echaran literalmente a la guerra pertrechados de un buen cargamento de evidencias científicas. El neodarwinismo sostiene que la vida evoluciona a partir de la variación/selección de un mecanismo dual y azaroso, de modo que no hay otro diseño o propósito detrás de la vida. Y en efecto, existe una amplia evidencia de que las variaciones genéticas y la selección natural se dan en realidad. Hablo de amplia evidencia, que sin embargo tiene algunas lagunas no resueltas hoy día por la ciencia. Sé que esto puede no gustar a los dogmáticos del neodarwinismo (como vemos, intransigentes irracionales hay en todos lados). Aún recuerdo a un lector de este blog, creo que invitado por Ununcuadio, que al leer que el evolucionismo plantea todavía interrogantes se llevó las manos a la cabeza y prometió no volver a entrar aquí. Por supuesto, estaba en su derecho. Pero eso no quiere decir que tuviera razón para rasgarse las vestiduras.

La primera objeción al neodarwinismo la podemos hallar en los datos fósiles. Estos presentan “saltos” todavía no explicados, que se conocen vulgarmente como los “eslabones perdidos”. No hay evidencia clara de un cambio continuo de una especie a otra que señale inequívocamente a todos los intermediarios. Si como explica Ernst Mayr, “toda evolución se debe a la acumulación de pequeños cambios genéticos, guiados por la selección natural”, ¿cómo tiene lugar la especiación, es decir, la separación o escisión de una nueva especie a partir de una antigua bajo el presupuesto del cambio gradual? El hueco fósil es, sin duda, un evidente indicativo de una verdadera discontinuidad.

Hasta ahora se han dado respuestas incompletas a esta objeción. Según una idea conocida como “especiación alotrópica”, un pequeño subgrupo de una población original se queda aislado geográficamente, de suerte que el aislamiento geográfico, la relativamente pequeña reserva geográfica del subgrupo y la selección natural, combinados, separan ambas especies. Pero seguimos con el mismo problema. No encontramos una serie escalonada de fósiles que vayan del pez a los anfibios, no hay fósiles hallados que muestren la manera en la que los rasgos de los peces sean sustituidos por los rasgos anfibios. De hecho, como decimos, los registros fósiles revelan huecos manifiestos en la especiación.

Stephen J. Gould, entre otros, han sugerido desde mediados de los años setenta del pasado siglo que los registros fósiles muestran largos periodos de equilibrio de las especies y, después, la repentina aparición de una especie nueva. De conformidad con la hipótesis del equilibrio puntuado la evolución no sería un proceso gradual y continuo, sino que se vería interrumpida por rápidos cambios en el momento en que una nueva especie toma un desvío. Sin embargo, sus defensores han sido incapaces hasta ahora de ofrecer un mecanismo satisfactorio para el cambio rápido que puede llevar a la especiación. La crítica al equilibrio puntuado no sólo ha venido del campo creacionista, sino también del Nuevo Ateísmo y particularmente de Dawkins, firmemente enfrentado a Gould por la teoría de este (que es también ateo) de que la ciencia y la religión no se contraponen en absoluto porque pertenecen a esferas diferentes.

Hay una segunda objeción no resuelta. La ley de la entropía no parece compatibilizarse demasiado bien con el neodarwinismo. Esta ley dice que todas las cosas deben avanzar del orden al desorden. Sin embargo, la evolución biológica procede en la dirección opuesta: del orden a más orden, de lo simple a lo complejo. Basta que nos coloquemos en el primer estadio de la aparición de la vida en la Tierra y lo comparemos con el estadio actual para que en efecto comprobemos que hoy hay más complejidad. Pero en la teoría neodarwinista las variaciones son aleatorias, no direccionales (como requeriría la ley de la entropía) y por tanto no dirigidas hacia la complejidad. Como dice Paul Davies “la selección natural selecciona para la fecundidad, no para la complejidad”.

Y otra tercera objeción. Las variaciones tienen lugar en el micronivel del material genético (el genotipo), pero la selección ocurre en el macronivel (el fenotipo). Normalmente, no hay una conexión clara entre lo micro y lo macro. Además, son necesarios muchos cambios coordinados en el micronivel, muchas mutaciones genéticas, para producir un nuevo rasgo útil para la supervivencia en el nivel macro. Es difícil imaginar cómo semejantes cambios enormes (“monstruos esperanzadores”) podrían suceder de forma simultánea. Y también resulta difícil entender cómo se dan gradualmente: los cambios genéticos individuales suelen carecer de valor desde el punto de vista de la supervivencia y por lo tanto serían desechados por la selección natural. Un ejemplo. La evolución del ojo. Ha debido costar miles, tal vez decenas de miles de mutaciones genéticas. Pero ¿cómo de buena resulta una mutación, una milésima mutación del ojo, incluso una centésima o media mutación?

Puesto que las mutaciones individuales rara vez presentan una ventaja selectiva, si la selección procediera a partir de mutaciones individuales, existe una probabilidad muy alta de que la mutación terminara siendo eliminada. Por el contrario, si un grupo de mutaciones escapa de algún modo a la selección individual, acumularía una ventaja selectiva como grupo y entonces resultarían favorecías por la selección natural.

La evolución darwinista es un modo de mantener las especies (“especies estables” de acuerdo a Gregory Bateson), sosteniendo su homeostasis con una necesaria capacidad de adaptación, pero no termina de ser satisfactoria para explicar la producción de nuevas especies. Pero la especiación biológica parece –y subrayo que digo “parece”- más bien un proceso creativo (espero que no se me malinterprete cuando hablo aquí de creatividad).

Muchos científicos creen hoy día que es necesaria una nueva visión para considerar cómo la microevolución se relaciona con la macroevolución y cómo tiene lugar una especiación. El neodarwinismo aporta un conocimiento innegable de la realidad, pero no agota las explicaciones. Al menos, no todavía. Curiosamente algunos científicos están trabajando ya hoy día en el hecho de que es la conciencia la que elige creativamente, con determinación y en su propio beneficio, hacia una complejidad cada vez mayor, lo que induce a pensar que existe direccionalidad en la evolución. La clave no consiste en negar el evolucionismo, sino en dar un paso más que podría explicar los enigmas en los que esta teoría científica anda todavía envuelta, y ser, de paso, mucho más consistente con el teísmo. Hablaremos de esto en otro momento.

jueves, 19 de septiembre de 2013

LA BIBLIA Y LA CIENCIA

 
El falso conflicto entre ciencia y fe ha sido estimulado recientemente, como sabemos, por el Nuevo Ateísmo. El argumento de que en Estados Unidos los cristianos han intentado que el creacionismo pase como una teoría científica equiparable al evolucionismo, y que se enseñe en las escuelas, ha servido de excusa a los negacionistas (ateos beligerantes) para señalar con el dedo a los cristianos como incultos, intransigentes e incompatibles con el conocimiento que hoy tenemos gracias a la ciencia.

La clave del conflicto parece hallarse en la contradicción aparente entre el texto bíblico (y en particular, el Antiguo Testamento) y el estado actual de las ciencias. Si interpretamos literalmente el texto sagrado es indudable que hay una distancia insalvable entre lo que nos dice y lo que sabemos por la ciencia.

Sin embargo, cualquier católico con algo de formación doctrinal sabe que la Biblia no puede interpretarse en sentido literal. El literalismo bíblico es ajeno al catolicismo, es consecuencia de la reforma protestante del siglo XVI. No es de extrañar, entonces, que tanto los creacionistas como los impulsores del Nuevo Ateísmo sean angloparlantes, pertenecientes al ámbito cultural protestante. A los católicos este conflicto ciencia-fe (que es en realidad una batalla creacionismo-ateísmo) nos viene de rebote, aunque la preponderancia bibliográfica y audiovisual norteamericana y la confusión entre creacionistas y “todos los cristianos” nos hayan colocado en una guerra que en realidad no debiera haber ido con nosotros.

Todavía hay quien piensa (llevado por la ignorancia, como Dawkins, Dennet o Harris) que la postura católica en relación a los textos bíblicos es una impostura. Que en realidad los católicos somos más hábiles que ciertos protestantes y que hemos reaccionado a tiempo con tal de que el fuego no prendiera toda la casa. De este modo creen que el catolicismo ha dejado de ser literalista con la Biblia cuando –y solo a partir de que- se ha demostrado por la ciencia que es insostenible la lectura literal.

Pero el caso es que la lectura literal de los textos bíblicos nunca ha pertenecido al catolicismo. No es que desde hace cien o doscientos años los católicos comenzáramos a escudriñar las formas en las que podíamos sostener nuestra fe y hacerlas compatibles con los conocimientos que las ciencias nos iban proporcionando. No. Desde sus comienzos, la Iglesia nos enseña que la Biblia tiene especialmente un significado alegórico que debe ser interpretado: Dios habla al hombre en un tiempo pero para todos los tiempos. Orígenes (s. III) llegó a decir que era de imbéciles creer, por ejemplo, que cuando en el Génesis se dice que Dios creó el mundo en seis “días”, debíamos interpretar esta palabra en su uso corriente (es decir, lapso de tiempo compuesto por veinticuatro horas). Orígenes (1),  Ambrosio de Milán (2), San Basilio el Grande (3), Agustín de Hipona (4), Buenaventura, Tomás de Aquino (5), son notables ejemplos de lo que decimos. Por otra parte, los católicos disponemos desde Jerónimo de una larguísima tradición de labor exegética.

Esto tampoco significa que la Biblia no contenga, lógicamente, pasajes de veracidad histórica. La arqueología ha avanzado mucho en este sentido, corroborando no pocos de ellos. E incluso milagros como el de la separación de las aguas que se narran en el Éxodo, encuentran hoy apoyo científico. Baste leer los trabajos que realizaron por separado Humphreys, de la Universidad de Cambridge, o el investigador atmosférico Carl Drews, sobre el “golpe de viento” y la “ola perforada” para comprobar su factibilidad física (dejando por tanto el milagro en la sincronización: es posible físicamente pero lo extraordinario –lo milagroso- sería que hubiera ocurrido justo cuando era necesario).

La manipulación obsesiva y obscena del caso Galileo ( ver aquí ) y de la institución de la Inquisición por parte de los negacionistas ( ver aquí ), ha querido hacer olvidar esa tradición inherente al ser católico, con la intención de deslegitimar nuestras creencias y suscitar un conflicto ciencia-fe que en modo alguno es el que se plantea por este reducto de intelectuales ateos. Tal vez hayan logrado entre el gran público, con escasa formación doctrinal, imponer la imagen derivada de dicha manipulación. De ahí que sea imprescindible una labor de pedagogía encaminada a colocar las cosas en su exacto lugar.

Dicho todo esto, tampoco es asumible para el catolicismo que la ciencia pretenda convertirse en el único modo de conocimiento posible (dado que entonces estamos no ante la ciencia en sentido estricto, sino ante el “cientificismo”). En primer lugar, la ciencia tiene límites epistemológicos infranqueables por el ser humano, algo que hemos visto en el último post y comprobado en otros anteriores de este mismo blog. En segundo lugar, la comprensión total de las preguntas últimas no corresponde a la ciencia, porque escapa al método científico (ver la serie: cartas a una madre que discute con su hijo ateo). En tercer lugar, la ciencia no es neutra en relación a los procesos de investigación. Está financiada (y por tanto, dirigida) con propósitos ajenos a la ciencia (la empresa, la política o la ideología) que determinan la dirección de los programas de investigación y, por tanto, sus conclusiones. Y reacciona defensivamente contra cualquier avance cognitivo que contradiga el paradigma establecido, como demostró Kuhn.

Añadamos a estas objeciones, por último, que la ciencia tiene dificultades inherentes a establecer verdades. Una cosa es la certeza y otra la verdad. La verdad es, por definición, objetiva e invariable; pero dado que la ciencia es siempre susceptible de refutación, como demostró Karl Popper, sería ilógico depositar una confianza ciega en teorías que pueden ser superadas más adelante (y de hecho, en la actualidad sabemos que el paradigma en la física actual, la mecánica cuántica, será superado cuando hallemos el medio de compatibilizarla con la teoría de la relatividad). En este mismo sentido, cabe decir que el “dato” científico es susceptible de interpretaciones que, en última instancia, dependerán del observador, por lo que es imposible una objetividad absoluta en sus conclusiones cuando van más allá de proporcionar precisamente eso, el dato puro y simple.

La ciencia es un método de conocimiento altamente positivo. Nos ha permitido avanzar en la comprensión de la realidad circundante y sus logros técnico-prácticos, como en la industria, las telecomunicaciones o la sanidad, son indiscutibles. Pero no es el único medio de conocimiento posible. La ciencia ha tardado más de dos mil años, por ejemplo, en demostrar las teorías atomistas que, por medio de la razón, abrazaron los filósofos presocráticos.

Entronizar a la ciencia como único medio de saber es, sin lugar a dudas, un fundamentalismo semejante al que sostiene la lectura literal de los textos bíblicos. De ahí que algunos autores hayan denominado al Nuevo Ateísmo como el “ateísmo evangélico”.

(1) Sobre el primero de los principios, IV.ii.5, IV.iii.4
(2) Hexameron L.iv.16
(3) Hexameron I.iv, I.viii, I.xi
(4) Contra Fausto el Maniqueo, 32.20; Confesiones, XIII.xv
(5) Summa Theologiae 1a, 1, 10.
 

lunes, 16 de septiembre de 2013


EL DEMONIO Y LOS AGUJEROS

 
Hay una inextricable relación entre ateísmo y determinismo. Si el universo está completamente determinado, como ha creído la ciencia hasta hace bien poco (al menos hasta la mecánica cuántica), el libre albedrío en que se sustenta la antropología cristiana es una simple quimera. Por otra parte, un universo determinista permitiría hallar la última respuesta por medios científicos. Más allá no habría nada.

Desde el siglo XVIII los negacionistas se han visto impresionados y seguros del llamado “demonio de Laplace”, conforme al cual el hombre terminará por convertirse en un ser omnisciente (capaz de saberlo todo, presente, pasado y futuro) sustituyendo de este modo a Dios. Laplace formuló su particular “demonio” con las siguientes palabras: “Podemos mirar el estado presente del universo como el efecto del pasado y la causa de su futuro. Se podría concebir un intelecto que en cualquier momento dado conociera todas las fuerzas que animan la naturaleza y las posiciones de los seres que la componen; si este intelecto fuera lo suficientemente vasto como para someter los datos a análisis, podría condensar en una simple fórmula el movimiento de los grandes cuerpos del universo y del átomo más ligero; para tal intelecto nada podría ser incierto y el futuro así como el pasado estarían frente sus ojos”.

Muchos han querido ver, de Laplace a nuestros días, un inexorable avance de la ciencia hacia la comprensión total de esa “simple fórmula” que rige desde “el movimiento de los grandes cuerpos del universo” hasta el “átomo más ligero”. Cada descubrimiento de la ciencia ha sido interpretado, entonces, como que al teísmo le queda tanto menos sentido: es la conocida tesis del “Dios que tapa los agujeros”. Y el día que “nada” sea “incierto”, Dios no será necesario. Dios será el propio ser humano.

Por supuesto en la base misma del optimismo cientificista formulado por Comte subyace la idea de Laplace. Para Compte, apoyándose a su vez en la dialéctica de Hegel, la historia del ser humano era una larga travesía de progreso, que llevaba al hombre en ininterrumpida peregrinación hacia su último y más perfecto estadio, que era el conocimiento científico. La religión era, por tanto, un estadio superado (o superable) correspondiente a una edad aún infantil del hombre.

Laplace y Comte son dos grandes columnas en las que se apoya el Nuevo Ateísmo. La solidez de los argumentos de estos pensadores del XVIII y XIX, respectivamente, es determinante por tanto para saber sobre qué suelo pisan los negacionistas cuando rebajan la calidad actual de la fe de los teístas. En efecto, todo parece indicar que Laplace está saliéndose con la suya. Al menos durante un largo periodo de tiempo (que incluye a grandes trazos la física de Newton y la biología de Darwin) los negacionistas no dudaron de que el tiempo terminaría por ratificarles definitivamente.

Sin embargo hoy día sabemos que el “demonio de Laplace” no era más que –con el permiso de Shakespeare- “el sueño de una noche de verano”. En efecto, el “demonio de Laplace”, es decir, un hombre con “este intelecto suficientemente vasto”, podría ser en realidad capaz de predecir con exactitud, por ejemplo, cuándo se desintegrará un átomo de radio por medio de un cambio de órbita de uno de sus electrones. Sin embargo, es bastante seguro que el ser humano jamás será capaz de encontrar el truco. Y, aunque así fuera, no habríamos andando más que una imperceptible porción de un camino infinitamente largo.

Ian Stewart (1) dice que el “demonio de Laplace” necesitaría “Un cerebro mayor que el universo, lo que claramente implica que debe estar fuera del universo y ser comparable a él. Una idea acorde con las consideraciones del principio de indeterminación de Heisenberg: si esa inteligencia suprema [el “demonio de Laplace”] fuera parte del universo, cada vez que pondedara el valor dx7345232115/dt, cambiaría aquello que estaba calculando” haciendo imposible, por tanto, dicha previsión. ¿Podemos “predecir” realmente? Henri Poincaré (2) ha esclarecido que cuando la dinámica es caótica sólo puede predecirse con exactitud en tanto que las condiciones iniciales se conozcan con precisión infinita. Luego se necesita una memoria infinita –y por tanto, indisponible- para almacenar un número con precisión infinita. Así que, como advierte este autor, “Cuando deseamos comprobar una hipótesis ¿qué debemos hacer? No podemos verificar todas sus consecuencias, pues saldrían infinitas en número; nos contentamos con verificar algunas y, si tenemos éxito, decimos que la hipótesis se ha confirmado”. De ahí que Jack Cohen (3) concluyera en su famoso libro que respecto a las grandes cuestiones de la vida, del universo, y de todo lo que pasa, se haya avanzado en realidad sólo “un minúsculo primer paso a lo largo de un camino infinito”.

Mecánica cuántica. Teoría del caos. Complejidad. Emergencia. Información (3). Son cuestiones sobre las que los teóricos del Nuevo Ateísmo pasan de puntillas: y no les faltan razones para hacerlo. Después de todo, ojos que no ven corazón que no siente.

(1)    STEWART, Ian. ¿Juega Dios a los dados?

(2)    COHEN, Jack. El colapso del caos.

(3)    DAVIES, Paul. The New Physics.

lunes, 9 de septiembre de 2013


EL MISTERIO DE LA ACETABULARIA

 


A diferencia de los organismos vivos, las máquinas no poseen propósitos internos. Un caballo puede tener el deseo de desplazarse a un lugar concreto, pero un coche no. Un hombre es capaz de pensar por sí mismo, de tomar ciertas decisiones con independencia, mientras que una piedra no podrá hacerlo nunca. Aunque esto parezca una obviedad, resulta que no lo es para muchos. Las teorías mecanicistas surgieron tibiamente entre algunos filósofos de la antigua Grecia, pero comenzó a imponerse con seriedad a partir del siglo XVII. ¿Somos los hombres simples máquinas? ¿No somos más que materia sin propósito alguno?

Los biólogos andan divididos en esta cuestión. Hay quienes sostienen postulados teleológicos o teleonómicos, pero también abundan quienes rechazan finalidad alguna en la Naturaleza. Estos últimos sostienen que, por ejemplo, un ojo no está ahí para ver sino que es el resultado de mutaciones genéticas aleatorias y la selección natural. Lo mismo sucedería con nuestros brazos o piernas o con nuestro cabello y orejas. Por supuesto, cada parte tiene su utilidad pero eso no demostraría por sí mismo que hubieran surgido para esa finalidad concreta. Simplemente sería el resultado de la adaptación al medio (selección natural) y, más en concreto, de una de las numerosas alternativas posibles que podrían haberse dado (mutaciones aleatorias). Naturalmente, podríamos interrogarnos sobre por qué de todas las posibles alternativas han surgido precisamente las que tenemos. Pero eso nos alejaría del tema que queremos abordar aquí.

El problema de esta visión materialista de la ciencia, en donde no hay propósito en la naturaleza, es que no responde definitivamente sino que sólo aplaza la respuesta a la cuestión planteada. Sólo despejan el balón, pero la pelota sigue en el campo de juego. Ciertamente, los elementos que permitieron a los seres vivos hacerlo mejor a lo largo de la evolución fueron favorecidos por la selección natural, pero estas actividades fundamentales y orientadas hacia un objetivo ya estaban presentes en las primeras células vivas. Un ejemplo (con todas las precauciones) que puede ayudarnos a entender esto es el embrión. También podemos fijarnos en un esqueje de sauce, donde la regeneración de un organismo completo puede ser restaurado a partir de una parte. Así pues, ¿qué sucede con esas primeras células vivas?

La Acetabularia (1) es un alga verde unicelular de unos cinco centímetros de largo, con tres partes principales: estructuras en forma de raíz (rizoides), que permiten que se adhiera a una roca; un tallo; y un sombrerillo de un centímetro de ancho. Esta alga tiene un único núcleo situado en uno de los rizoides. A medida que la planta crece, su tallo se va alargando hasta formar una serie de espirales capilares que, por último, forman el sombrerillo. Pero si cortamos el sombrerillo partiendo el tallo en dos, crece un nuevo brote y el tallo forma una serie de espirales capilares y luego un nuevo sombrerillo, de modo similar al patrón normal de crecimiento. De hecho, esto puede suceder una y otra vez.

La respuesta de algunos biólogos es que los genes programan de alguna manera (desconocida) el desarrollo de la forma, como si el núcleo pudiera en realidad pensar. Sin embargo, hay un problema que añadir a esta respuesta “políticamente correcta”. La Acetabularia demuestra que la morfogénesis puede ocurrir sin genes. Si el rizoide que contiene el núcleo se corta, el alga puede vivir durante meses, y si cortamos el sombrerillo, puede regenerar uno nuevo. Y, todavía más sorprendente, si cortamos un trozo del tallo crece uno nuevo y forma otro sombrerillo. La morfogénesis está orientada hacia un objetivo y avanza hacia el atractor mórfico incluso en ausencia de genes.

 

(1)    Puede verse un interesante estudio sobre el tema en HAEMMERLING, J “Nucleo-cytoplamic interactions in Acetabularia and other cells”. Annual Reviews of Plant Phisiology, 14, 1963, págs. 65-92.

miércoles, 4 de septiembre de 2013


DIVULGACIÓN CIENTÍFICA: ¿CIENCIA Y NADA MÁS QUE CIENCIA?

[Hay suficiente luz para los que quieren ver a Dios, y suficiente oscuridad para los que no quieren verlo. Pascal]

SOLER GIL, F. J. Mitología materialista de la ciencia. Ediciones Encuentro, Madrid, 2013. 332 págs.

 


En los últimos lustros han proliferado en los estantes de las librerías un tropel de libros divulgativos de materias científicas cuyo común denominador suele ser el de negar cualquier realidad distinta de la materia. Cabe por tanto preguntarse si es la lectura materialista de la ciencia la única posible; o si, por el contrario, nos hallamos simplemente ante una machacona campaña de filósofos (o aprendices de filósofos) materialistas interpretando pro doma sua los resultados de las investigaciones científicas.

Esta importantísima cuestión es la que ha llevado a Francisco José Soler Gil a escribir Mitología materialista de la ciencia, publicado recientemente por Editorial Encuentro. La obra es amena, nada complicada (pues evita en lo posible los tecnicismos tan habituales en estos materiales) y directa, sin andarse por las ramas. Con ello el autor permite que un público en absoluto familiarizado con la ciencia pueda disponer de un conjunto de criterios sólidamente fundamentados con los que defender la vigencia y factibilidad de una visión alternativa de los actuales conocimientos de la ciencia, plenamente compatible con el teísmo católico. Lo que, por otra parte, no es óbice para que Mitología materialista... no sea también una propuesta, un reto a los filósofos de la ciencia de corte materialista.

No exageramos cuando alertamos de la importancia -y de la urgencia- de este tipo de materiales. El propio autor, en una confidencia de carácter autobiográfico, atina a expresarlo perfectamente cuando afirma que "no creo que se le pueda pedir a un muchacho de quince o dieciséis años que, al leer un estudio sobre el origen de la vida, o sobre la teoría de la evolución, discrimine entre el contenido empírico que se transmite ahí, y la carga filosófico-interpretativa que acompaña a estos contenidos". Sin embargo,  lo cierto es que los católicos fallamos a la hora de perfilar estas barreras: "Una de las causas que dificultan hoy la transmisión de la fe a los jóvenes, bien podría hallarse en el agudo contraste entre las clases de religión y las clases de ciencias en los institutos de enseñanza secundaria".

En efecto, hoy no basta con dar a conocer la doctrina católica. También hay que hacerla compatible -porque lo es- con la razón y la ciencia. Benedicto XVI ha venido insistiendo mucho en este asunto crucial. Formarnos en estos ámbitos, y en particular en lo relativo a las ciencias, es una exigencia ineludible para la tarea de evangelización. No podemos perder la pista de que, como señala Francisco Conesa en El eclipse de Dios (Palabra, 2012) uno de los rasgos que define el embite del denominado  Nuevo Ateísmo "se presenta como un ateísmo 'en nombre de la ciencia'" que "logra transmitir unas actitudes ante la vida, y sobre todo, unos sentimientos frente a las religiones". Según estos autores, apoyados y estimulados generosamente por los medios de comunicación hasta convertirlos en rutilantes estrellas mediáticas y sus obras en indudables bestsellers, el evolucionismo, las neurociencias y las teorías del multiverso habrían finiquitado la necesidad de Dios. Así, Dawkins, por ejemplo, repite como un mantra el argumento de que "La fe religiosa es un silenciador potente del cálculo racional", mientras Hitchens sentencia que "a la religión se le han agotado las justificaciones. Gracias al telescopio y al microscopio, ya no ofrece ninguna explicación de nada importante". Por supuesto, eso no es así. Pero el no es así es insuficiente: hay que argumentarlo y, por tanto, disponer de argumentos.

Francisco J. Soler Gil es doctor en Filosofía por la Universidad de Bremen, y miembro del grupo de investigación de filosofía de la física de dicha universidad. Lleva más de 25 años dedicado al estudio de la ciencia y la filosofía de la ciencia, fruto de lo cual han visto la luz numerosas obras, entre las que podemos destacar Aristóteles en el mundo cuántico (2003), Dios y las cosmologías modernas (2005), ¿Dios o la materia? (2008 junto con Martín López Corredoira), Lo divino y lo humano en el universo de Stephen Hawking (2008) o Discovery or construction? Astroparticle physics and the search for physical reality (2012), junto a un amplio catálogo de artículos en revistas especializadas de reconocido prestigio internacional. Hablamos, por tanto, de un autor avalado por un curriculum dilatado que acredita sobradamente la solidez de sus reflexiones y conclusiones.

El estudio de Soler Gil parte de una división previa y sustantiva: nuestra experiencia se halla dividida en dos ámbitos, el de de lo mental y personal, de un lado; y el de lo material o corporal, de otro. Así pues, al cuestionarnos por la realidad primera, el fundamento de todo lo existente, "se produce la bifurcación entre materialismo y teísmo". No es, como tenemos oportunidad de comprobar, una cuestión novedosa ni hay elementos desconocidos antes que enriquezcan el debate. Salvo el hecho de que la preponderancia de la lectura materialista que los divulgadores científicos (y no pocos científicos metidos en harina de filósofos) hacen de los datos empíricos, poseen "en nuestro tiempo los rasgos del mito" ya que "se trata de una representación deformada de la ciencia, en la que se intenta hacer pasar por resultados científicos lo que no son más que interpretaciones marticulares de los mismos".

Partiendo de este enfoque, Mitología materialista de la ciencia se estructura a partir de un conocido y manoseado texto de Freud, traído a colación en las primeras páginas por Soler Gil: "En el transcurso de los siglos ha infligido la ciencia a la naïve autoestima de los hombres dos graves mortificaciones. La primera fue cuando mostró que la Tierra, lejos de ser el centro del Universo, no constituía sino una parte insignificante del sistema cósmico, cuya magnitud apenas podemos representarnos. Este primer descubrimiento se enlaza para nosotros al nombre de Copérnico, aunque la ciencia alejandrina anunció ya antes algo muy semejante. La segunda mortificación fue infligida a la Humanidad por la investigación biológica, la cual ha reducido a su más mínima expresión las pretensiones del hombre de un puesto privilegiado en el orden de la creación, estableciendo su ascendencia zoológica y demostrando la indestructibilidad de su naturaleza animal. Esta última transmutación de valores ha sido llevada a cabo en nuestros días bajo la influencia de los trabajos de Carlos Darwin, Wallace y sus predecedores, y a pesar de la encarnizada oposición de la opinión contemporánea. Pero todavía espera a la megalomanía humana una tercera y más grave mortificación cuando la investigación psicológica moderna consiga totalmente su propósito de demostrar al yo que ni siquiera es dueño y señor de su propia casa, sino que se halla reducido a contentarse con escasas y fragmentarias informaciones sobre lo que sucede fuera de su conciencia en su vida psíquica".

En este texto de Freud quedan expuestas en grandes trazos las tesis materialistas de interpretación de la ciencia, que sirven de aliento al rebrote del ateísmo contemporáneo: la cosmología, la teoría de la evolución y las neurociencias. Soler Gil articula, pues, su libro siguiendo esta triple línea. El capítulo primero aborda el tema del darwinismo y el ateísmo. Uno de los asuntos más interesantes de este capítulo es el examen del trato que los materialistas ateos dispensan al "azar" -los sucesos que están en la base de la historia evolutiva son aleatorios- como si éste fuera un elemento ontológico (un rasgo de la realidad) y no epistemológico (una limitación en nuestro conocimiento). Pero "en el caso del argumento que descarta a Dios por el azar del proceso evolutivo tenemos que constatar que la conclusión no se sigue de las premisas" pues la cuestión de cómo actúa Dios en relación con los sucesos que son considerados aleatorios en el plano físico está abierta de hecho a una gama de posibilidades bastante factibles. Por ejemplo, el azar se puede entender como "un límite que Dios se impone a sí mismo en su dominio sobre la creación, para garantizar la independencia de la misma". No obstante, quizá el modelo más consistente -señala el autor- sea "el que propone que las indeterminaciones cuánticas, que están en la base de las variaciones genéticas sobre las que tiene lugar el proceso de la selección natural, constituye uno de los puntos en los que la divinidad puede intervenir sin violar las leyes que ella misma ha impuesto a la naturaleza".

El segundo capítulo del libro trata del cerebro, la mente y la libertad. No se trata, desde luego, de un tema baladí, pues como advierte el propio autor "lo que está aquí en juego es nada menos que la verosimilitud del postulado teísta de que la realidad fundamental se describe mejor por medio de los conceptos que asociamos con nuestra experiencia en la mente". ¿Es la libertad simplemente una ficción del cerebro? ¿Puede lo mental erigirse como modelo de la realidad fundamental? Se ha extendido la opinión de que las neurociencias han despejado estas preguntas en contra del teísmo. Pero por muy generalizada que sea esa opinión, lo cierto es que "la complejidad del cerebro es tal que, pese a todos los avances (...) el logro de un modelo estándar de este órgano y sus interacciones (...) sigue pareciendo un objeto lejano (y quién sabe si alcanzable o no) a buena parte de los neurocientíficos.

El materialismo sostiene que la mente es una realidad material, y concretamente un fenómeno biológico. Soler Gil presta, en este apartado, una especial atención a los experimentos de Libet y de John Dylan Haynes, así como de los estudios sobre la generación y la transmisión de señales entre neuronas, o de las interacciones entre la corteza cerebral y otras áreas del cerebro. La conclusión a la que llega nuestro autor es que estos trabajos científicos son parciales y sus conclusiones claramente subjetivas, pues de hecho "Los datos empíricos concretos pueden ser incorporados de manera natural a un planteamiento teísta, con sólo separarlos de las adherencias ideológicas que los envuelven".

"El teísmo, el materialismo y la cosmología" es el tercer capítulo. El autor advierte desde el principio que "el pensamiento teísta presenta en este terreno una clara ventaja inicial: El cosmos que describe la física y la cosmología actuales se ajusta de entrada muy bien a las líneas generales propuestas por la doctrina teológica de la creación", basándose en la racionalidad, objetualidad y -especialmente el- ajuste fino del universo.

Soler Gil esclarece que la arquitectura del Universo "posee unas características muy peculiares, en el sentido de que, a poco que la combinación de leyes físicas y constantes de la naturaleza hubiera sido ligeramente diferente a como de hecho es, el cosmos constituiría un sistema físico del todo hostil al desarrollo de la vida", motivo por el que en la actualidad los materialistas ateos que se adentran en este terreno (cuidadosamente esquivado por Dawkins y compañía) se mantienen claramente a la defensiva. La propuesta materialista se reduce, en la práctica, a recurrir de nuevo al azar, para lo que es preciso un multiverso que reaice todas las estructuras matemáticas consistentes, en la forma propuesta por Tegmark. En él "no quedaría margen para el diseño", pero la hipótesis de Tegmark no carece, precisamente, de graves problemas de coherencia y -por supuesto- de verosimilitud. De hecho, "Si viviéramos realmente en el multiverso de Tegmark deberíamos esperar que las leyes de la naturaleza fueran mucho más complicadas de lo que de hecho son".

En definitiva, en cada uno de estos tres grandes bloques (evolucionismo, neurociencias y cosmología), el autor disecciona los lugares comunes establecidos por la divulgación científica más extendida, para rastrear pistas que permitan al lector hacerse una idea bastante consistente de qué es lo que verdaderamente conocemos por la ciencia y qué pensamos que dice la ciencia, pero que en realidad no es más que una interpretación materialista (y por tanto, de partido) de dichos datos. Castizamente, separar el trigo de la paja. Por último, ofrece caminos alternativos de interpretación de los hechos científicos, que son tan (si no más) factibles con los hechos objetivos y además plenamente compatibles con el catolicismo.

La conclusión del pormenorizado análisis realizado es "la existencia de un verdadero abismo entre las teorías y los datos científicos por una parte, y por otra las conclusiones materialistas y ateas que acompañan con sorprendente frecuencia a la exposición de estos datos y teorías, sobre todo en las revistas y libros divulgativos".

Pero la crítica de Soler Gil va más allá y, en el cuarto y último capítulo, reflexiona sobre la viabilidad de la ciencia en un ambiente intelectual materialista. Después de todo, las ciencias han florecido en una civilización -la occidental- fundamentada en el cristianismo y no parece que este hecho pueda ni ser desconocido ni tampoco desconectado de aquel. Y termina con una cuestion inquietante, que es a su vez una invitación a que el lector no se quede con los brazos cruzados: "¿Podremos sacudirnos el fantasma de la mitología materialista de la ciencia antes de que sea demasiado tarde?".

En conclusión, un libro oportuno tanto por el asunto que aborda como por el momento en que ha visto la luz; lúcido en el análisis y sólido en sus argumentaciones y, por si fuera poco, de lectura fácil y amena. Mitología materialista de la ciencia no sólo es una obra recomendable para los estudiosos del tema, sino -quizá incluso, sobre todo- a quienes tienen en sus manos la educación media de los jóvenes y a quienes desarrollan tareas de apostolado con ellos.

miércoles, 3 de julio de 2013

EL PENSADOR Nº 4





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