Quién, cómo y el “Dios
de los agujeros”…
Carta a una madre que discute con su
hijo ateo (II)
Si le
preguntamos a un ateo “¿Quién ha creado el Universo?” nos dirá de inmediato que
presuponer un “quien” ya es en sí mismo tomar partido. De alguna manera es como
si le estuviéramos preguntando por el nombre y apellidos de alguien, es decir,
que opte por señalar a Dios nominalmente. Sin embargo no termino de comprender
cuál es la razón que les lleva a pensar de ese modo: al inquirir sobre el quién cabe tanto la respuesta de Alguien como la de nadie. La respuesta queda abierta, la libertad personalísima de
creer en su existencia o en su inexistencia permanece intacta. La pregunta de quién creó el Universo, por tanto, no es
un acertijo, un atajo tramposo de los creyentes. Es una pregunta pertinente que
el hombre se ha formulado desde su propio origen como especie.
En
cambio la deslegitimación apriorística de esa cuestión sí que tiene
implicaciones peligrosas. Los creyentes debemos negarnos a formular la pregunta
en términos distintos. Pongamos el caso de que en lugar de inquirirnos por quién creó el Universo lo hacemos por cómo surgió. En principio la diferencia
parece inocua: una simple cuestión de matices o de enfoque. Pero si preguntamos
¿cómo surgió todo?, no llegaremos nunca a la profundidad realmente requerida.
El cómo hace referencia
exclusivamente a un proceso y no a su
causa primera. Es un pre-supuesto
cargado de ideología, es decir, con una tendenciosidad indisimulable (1). De
otra parte, cómo surgió el universo
es una cuestión de rango menor, habida cuenta de que la causa primera puede haber optado por infinitas maneras de creación.
Sólo si negamos apriorísticamente la existencia de una primera causa podemos
considerar el cómo la pregunta
sustancial: “dado que no hay Creador tendremos que limitarnos a definir el
proceso creativo”. ¿Se dan cuenta de la deshonestidad dialéctica que subyace en
el asunto?
Como
vemos, la pregunta de quién ha creado
es factible. Luego resulta lícito que podamos responder que fue creado por
Alguien. También se puede afirmar que “nadie” creó desde la “nada” un “algo”
material. O dicho en otros términos, que la realidad surgió de la nada sin la intervención de causa alguna. En ambos
casos (creer en Dios o creer en la inexistencia de una causa primera) carecemos
de pruebas empírico-científicas concluyentes y, por tanto, lo relevante será
calibrar cuál de ambas respuestas es más razonable.
La
hipótesis de Dios es a-científica en
términos popperianos. Con ello se quiere decir que Dios no es verificable por
la investigación científica; no es el método empírico el que nos llevará a
afirmar o negar su existencia, ya que –como dijimos en la anterior entrada- la
ciencia tiene límites epistemológicos precisos, el más definitivo de los cuales
es que no puede abordar nada que esté fuera de la materia. Pero que sea a-científica no entraña que sea
pseudocientífica, es decir, que la idea de Dios se sustente en argumentos
contrarios a la ciencia.
En
cambio la hipótesis de que “desde la nada puede surgir algo” sí debería ser
verificable empíricamente. Quien recurre a la materia como lo único existente
queda voluntariamente sometido sólo a la ciencia como método epistemológico y,
por tanto, cualquier afirmación debe ser probada por su método. Al afirmar que todo es -y sólo es- materia, entonces se
requieren (¡y se deben exigir!) pruebas irrefutables a fin de sostener que de
la “nada” puede surgir “algo material”. Si no se aportan esas pruebas
irrefutables no nos hallaremos ante una mera hipótesis a-científica, sino en lo que Popper llamaba pseudociencia. Notemos que la diferencia es totalmente relevante. Mientras
que lo a-científico puede sostenerse
en base a la razón, lo pseudocientífico
es siempre repudiable en tanto que falsedad o manipulación de la verdad (2).
La
cuestión que se sigue de aquí es la de qué
tipo de pruebas podemos considerar empíricas, concluyentes y definitivas. Como
es lógico esas pruebas deben basarse en el presupuesto de la reproducibilidad, pues es en esto en
última instancia lo que se basa en realidad la ciencia. No bastan las meras
elucubraciones matemáticas por mucho que estas puedan ser coherentes. Ya hemos
visto que las formulaciones matemáticas no entrañan per sé su correspondencia con la realidad física. Inconsistencias
como las demostradas por los famosos teoremas de incompletitud de Gödel (3)
esclarecen que la actitud de confianza ciega en las hipótesis matemáticas debe
ser puesta cuando menos en cuarentena. Como dice Paul Davies, “la tarea del
científico es descubrir las pautas en la naturaleza e intentar ajustarlas a
esquemas matemáticos simples. La cuestión de por qué hay pautas, y por qué esos
esquemas matemáticos son posibles, cae fuera del alcance de la física y
pertenece al ámbito denominado metafísica” (4). Así pues los materialistas tienen la obligación moral de acarrear con la carga
de la prueba de sus afirmaciones: necesitamos que justifiquen la quiebra
entre causa-efecto de suerte que podamos dar crédito a su afirmación de que el
efecto (la existencia de algo) puede darse por medio de una insólita inexistencia de causa última,
cualesquiera que esta sea.
Dada la
pertinencia de preguntarnos por quién creó el universo, como dijimos arriba,
cabe sostener que hubo un Diseñador Inteligente. Y en la entrada anterior
afirmamos que no cabía confundir la palabra Diseñador
con la Teoría del Diseño Inteligente.
Son cosas diferentes. Soy consciente, no obstante, que es una cuestión sutil,
pero precisamente por esta circunstancia resulta primordial su esclarecimiento.
De hecho en la aparente confusión de ambos términos se basan no pocos ataques
del nuevo ateísmo y sus divulgadores, aprovechando las numerosas rendijas y las
no pocas inexactitudes que aporta la Teoría del Diseño Inteligente. Y por
supuesto que con esta estratagema ateísta (confundir conscientemente el
Diseñador Inteligente con la Teoría del Diseño Inteligente) se demuestra una
vez más que están a la defensiva, vista la posición de inferioridad de la que
parten sus creencias. Esto no impide que este tipo de estrategias de confusión
dejen de ser efectivas, como cualquier buena trama propagandística (5).
Aclaremos.
Los científicos que han abanderado la divulgación de la Teoría del Diseño
Inteligente son, entre otros muchos, el catedrático de Bioquímica en Lehigh,
Michael J. Behe y el profesor de Teología y Ciencia en el Seminario Baptista de
Louisiville, William A. Dembski (6). Frente al creacionismo tradicional, la
Teoría del Diseño Inteligente se muestra mucho más sutil y elaborada. Behe
habla de “complejidad irreducible” en el sentido de que determinadas
estructuras, como por ejemplo el ojo humano, son tan complejas que no pueden
ser el resultado de meros mecanismos evolutivos. Por su parte, Dembski, que
también postula la “complejidad irreductible”, afirma que el estudio científico
de la Naturaleza revela pruebas de diseño que el materialismo en el que se
halla preso parte del mundo científico son incapaces de reconocer.
Como
dice el profesor Ángel Guerra si “se hubiesen quedado en la exposición de que
existe un diseño inteligente en todo el Universo, no habría mucho que objetar.
Sin embargo, su teoría va mucho más lejos, afirmando la insuficiencia de la
selección natural para explicar las formas de vidas actuales y pretéritas,
muchas de ellas complejísimas: lo que supone una franca oposición a la visión
de la evolución dominante en la ciencia empírica y, a mi entender, bastante
desconocimiento de los principales y más novedosos hallazgos de la Genética
Molecular y Evolutiva” (7). Siendo
honestos, es preciso separar la posibilidad de señales que muestren un diseño
inteligente en el Universo, de la posición anti-evolucionista de estos autores.
El
diseño inteligente puede ser sostenido por la Filosofía de las Ciencias con
legítimo derecho. Hablaremos de eso más adelante. Sin embargo, empeñarse en
despedazar el evolucionismo negando las evidencias empíricas que lo sustentan,
es un grave error que los neoateístas aprovechan echando mano de la ciencia
para deslegitimar –y ahí radica la manipulación de esta parte- no sólo lo que
está equivocado, sino todo el planteamiento general.
Las
tesis antievolucionistas de la Teoría del Diseño Inteligente son insostenibles
echando mano de lo que hoy sabemos por la ciencia. Ahora bien, dado por sentado
esto, tampoco podemos y debemos permitir a los neoateos llegar más lejos de
ahí: el evolucionismo no es contrario en
absoluto al cristianismo. No cabe admitir el maniqueísmo absurdo de
preguntarse si uno es evolucionista o cristiano, porque nada obsta que se pueda
ser las dos cosas a la vez. Ateos como Michael Ruse y científicos de la talla
de Francis S. Collins o Ayala (8), entre otros muchos, han realizado esfuerzos
muy eficaces para demostrar la inconsistencia de la tesis de la
incompatibilidad. Ruse sostiene “el fracaso de las afirmaciones de que el
naturalismo darwinista refute o excluye positivamente la religión cristiana” (9),
puesto que como nos recuerda Collins “La ciencia no es el único modo de saber.
La concepción espiritual del mundo ofrece otro modo de encontrar la verdad” (10).
De ahí que pueda afirmar con una valiente rotundidad: “El Dios de la Biblia es
también el Dios del genoma” (11).
La
paradoja es que defender la incompatibilidad de ambas cosas es lo que une a los
neoateístas con los creacionistas, pues tanto unos como otros defienden la
incompatibilidad. Es un “buen negocio” para todos ellos, porque se alimentan
mutuamente en una constante espiral en la que los bandos contendientes hallan
su razón de ser y con la que piensan obtener sus correspondientes réditos (por
supuesto, también crematísticos). Ahora bien: que sea un buen negocio no entraña
en sí mismo, evidentemente, que sea un debate lícito. No lo es porque manipulan
la verdad, de suerte que el campo que queda tras ello es pura devastación
estéril. La verdad que ni unos ni otros quieren reconocer es que el
cristianismo y el evolucionismo no son polos opuestos o contravenidos.
No lo
son salvo que… (a) los neodarwinistas
tipo Dawkins sostengan que la existencia humana sea reducible únicamente a la
materia, algo que deja de ser ciencia –como hemos visto más arriba- para
convertirse en ramplona ideología; y (b) que determinadas sectas protestantes
traten de entender la Biblia como un texto que no sólo debemos interpretar con
literalidad, sino que además aporta un conocimiento científico-natural
específico. En estos puntos radica la esencia del enfrentamiento radical entre
estos bandos beligerantes. Los católicos, sin embargo, no estamos en ninguno de
esos puntos desde nunca pues ambos
son erróneos (y contrarios al Magisterio de la Iglesia). Veamos. La
singularidad humana está siendo cada día más confirmada por la ciencia, como
ponen de manifiesto los trabajos de prestigiosos biólogos como Ramon Margalef,
el citado Francisco Ayala, Theodosius Dobzhansky, Jorge Wagensberg, Pere
Alberch, Jordi Agustí, Eric D. Schneider y Dorion Sagan (12). En cuanto a la
exégesis bíblica, es sospechoso que los neoateos intenten presentarla como una “estrategia
contemporánea” de una Iglesia arrinconada por la ciencia, ante la que sólo cabe
una reinterpretación urgente de los Sagrados Textos. Lo cierto es que la
exegética, a pesar de que los ateos lo olvidan meticulosamente, es una labor
que para los cristianos ha sido desde siempre
inseparable de la propia Iglesia, “que recibió de Dios el encargo y el oficio
de conservar e interpretar la Palabra de Dios” (13).
Llegados
a este momento, el ateo le dirá que si los creyentes aceptamos el evolucionismo
entonces admitimos que la Iglesia se
convierte en la del Dios de los agujeros. Es decir, Dios como percha explicativa únicamente de aquella parte de la
realidad que la ciencia no ha logrado aprehender todavía. Estamos de este modo en una religión que se repliega
progresivamente en la medida en que el conocimiento científico avanza, un Dios
–más que esquivo- escurridizo, desdibujado, residual: motivo que explicaría
preferentemente el avance de la secularización en las sociedades
contemporáneas. Esto es algo que, como ya señalamos con anterioridad, no
podemos admitir de ninguna de las maneras. Parte de la equivocada idea de que
la religión es un estrato superado (o en trances de superación) por la ciencia
dentro de una concepción de sucesivo “progreso” científico que un día llegará a
“saberlo todo” (es decir, el mito
científico ya desmontado por la filosofía de la ciencia) (14).
En
primer lugar, decir que hay asuntos que la ciencia “no ha logrado aprehender todavía” es una afirmación no sólo atrevida
sino sobre todo equivocada. La ciencia –reiteramos una vez más- tiene límites
precisos e infranqueables, por lo que el “todavía” se desvanece en un mero
optimismo injustificado ¡e injustificable! Tenemos seguridad total de que nunca
llegaremos a saberlo todo.
En
segundo lugar, señalar a Dios como “percha explicativa” de “parches que cubren
el desconocimiento” implica asumir que habríamos demostrado que el Universo
surgió de la nada, algo que ni se ha demostrado ni se podrá demostrar utilizando
el método científico. Lógicamente, si pensamos que existe el Creador no cabe
lugar para el Dios de los agujeros puesto que todo es consecuencia de su premeditada acción.
Y por
último conviene subrayar que los neoateos caen en contradicción al defender que
la ciencia seguirá un camino de progreso interminable, pero al mismo tiempo
negar que exista una intencionalidad, una dirección no azarosa, en la
existencia humana. No se puede sostener a la vez la absolutización del azar y considerar que el hombre
tiende a una mayor perfección futura (puesto que el azar, por definición, es ciego e imprevisible).
De estas
razones deducimos que hablar del “Dios de los agujeros” es una inconsistencia
más –una de tantas- del ateísmo militante de nuestro tiempo, más preocupado en
formular eslóganes efectivos que en profundizar en el debate. Además que, por
mucho que avancemos en el conocimiento empírico de cómo evolucionaron las
especies vivas hasta dar con el hombre, quedará por resolver la cuestión
fundamental que no es sólo cómo ha llegado a ser el hombre, sino sobre todo por qué hay algo donde podría haber
nada.
La
utilización del evolucionismo como un arma para disparar contra la creencia en
Dios es sencillamente banal. Estamos aquí (en el evolucionismo) en la cuestión
del cómo y no en la del quién, de ahí que comprendamos a lo que Popper
se refería cuando afirmó que substancialmente “toda ciencia es cosmología”. La evolución es un proceso y como tal entra
exclusivamente en la respuesta del cómo,
que no excluye ni mucho menos el factor de la inteligencia. Si admitimos un
Alguien como respuesta a la pregunta de quién
creó el universo, de suyo va que el modo que empleara (que responde a cómo lo creó) es irrelevante y, por tanto, no podemos admitir lógicamente que el procedimiento utilizado para la
creación empañe o comprometa lo más mínimo el reconocimiento de su existencia.
Abundando
en esta importante cuestión, resulta evidente que los neoateístas que echan
mano de la evolución para justificar su creencia en la no existencia de Dios se
basan en indicios (racionales o no: esa es otra cuestión) pero no en pruebas (15).
Recurrir a las bien conocidas cuestiones de teodicea o al hecho de que se
perciben imperfecciones en la evolución, no quiere decir que se haya probado la
inexistencia de un Creador, de un Diseñador Inteligente, pues también podemos
leerla en sentido contrario, es decir, como una consecuencia inevitable de la
incapacidad humana para comprender la totalidad (lo que es una consecuencia de
nuestras propias limitaciones cognitivas). Concluir que Dios no existe porque
hay mal en el mundo, o porque la naturaleza tiene una apariencia demasiado
cruel no es ciencia, sino filosofía. Y del materialista, aquel que cree que
todo es explicable por la ciencia, debemos esperar y tenemos que exigir
respuestas científicas, no metafísicas. Así que teniendo en cuenta las razones
que acabamos de esgrimir, no es ni
factible -ni admisible- hablar del “Dios de los agujeros”.
Dejamos
para la próxima entrega completar el interesante asunto del “Diseñador
Inteligente” y sus implicaciones, que hemos dejado apuntado más arriba.
(1)
Lo
que “implica una serie de mensajes con función metasemiótica (de juicios
metasemióticos) que someten a examen los códigos connotativos (…) Por lo
general, un destinatario recurre a su patrimonio de conocimientos, a su propia
visión parcial del mundo, para elegir los subcódigos que han de converger en el
mensaje”. ECO, U. La estructura ausente.
Random House Mondadori, Barcelona, 2011. Pág. 183.
(2) POPPER, K. La lógica de la investigación científica. Círculo de Lectores,
Barcelona, 1995. Sobre una visión de conjunto de la obra de Popper, ARTIGAS, M.
Lógica y ética en Karl Popper. Eunsa,
Pamplona, 2001.
(3) MARTÍNEZ, G. Gödel para todos. Seix Barral, Madrid, 2009.
(4) DAVIS,
P. Superforce. Simon&Schuster,
1983. Pág. 62.
(5) La deslegitimada “Teoría del Diseño
Inteligente” queda definido en términos connotativos como //“Diseño
Inteligente” = falsedad//, luego //”Diseño Inteligente”→”Diseñador Inteligente// y por tanto
//”Diseñador Inteligente” =falsedad//. Pero teniendo en cuenta que //“Diseñador
Inteligente”≠“Teoría del Diseño Inteligente”// comprobamos la manipulación
realizada.
(6) DEMBSKI, W. A. Diseño inteligente. Homo legens, Madrid, 2006.
(7)
GUERRA
SIERRA, A. Hombres de ciencia, hombres de
fe. Rialp, Madrid, 2011. Pág. 198-199.
(8) RUSE, M. ¿Puede un darwinista ser cristiano? La relación entre Ciencia y
Religión. Siglo XXI, Madrid, 2007.
COLLINS, Francis S. ¿Cómo habla Dios? La evidencia científica de la fe. Temas de
hoy-Planeta, Marid, 2007.
AYALA, F. J. Darwin y el Diseño Inteligente. Creacionismo, cristianismo y evolución.
Alianza Editorial, Madrid, 2010. En particular, págs. 177-197. “Por exitosa que
sea, y por universalmente abarcador que sea su tema, una visión científica del
mundo es desesperadamente incompleta” (pág. 193).
(9) RUSE, Op.
Cit., pág. 265.
(10)
COLLIS,
Op. Cit., pág. 243-4.
(11)Ib., 227.
(12)
S.
Jones, del University College de Londres, dice con bastante acierto: “Como la
mayoría sabrá, los chimpancés comparten alrededor del 98% de nuestro ADN, pero
las bananas comparten cerca del 50%, y no por ello somos 98% chimpancés o 50%
bananas, sino que somos completamente humanos y únicos en relación con este
asunto. Simplemente es un error usar un conjunto completamente humano, que
razona, y aplicarlo a un animal que no es humano. Quien está dotado de razón
actúa con responsabilidad, y no he visto nunca a un chimpancé ser multado por
robar un plato de bananas”. Cifr. TAYLOR, J. Not
a chimp. The hunt to find the genes that make us human. Oxford, Oxford University Press, 2009.
Pág. 19.
(13)
Sobre
este asunto ver la Constitución Dogmática Dei
Verbum, del Concilio Vaticano II. http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19651118_dei-verbum_sp.html
(14)
Benedicto
XVI coloca el origen de esta concepción en Hegel. Para profundizar en esta
propuesta: RATZINGER, B. Teoría de los
principios teológicos. Materiales para una teología fundamental. Herder,
Barcelona, 1985. Pág. 17 y ss.
En efecto, tanto Comte (positivismo) como
Marx (materialismo dialéctico) entroncan en Hegel. Más en concreto, Comte
plantea la conocida ley de de los tres
estadios, según los cuales la humanidad ha recorrido progresivamente los
estadios religioso-místico, primero; luego el metafísico-abstracto y final y
definitvamente se ha instalado en el científico-positivo.
(15)
La
diferencia entre el mero indicio y la prueba es algo que se podría explicar muy
bien ateniéndonos a la doctrina jurídico-procesal. Pensemos en el valor que
tendría para nosotros una justicia que basara sus sentencias en meras
conjeturas a partir de indicios.


